El genoma de la tortuga Jonathan, de 194 años, apunta a los secretos de la longevidad

Editado por: Svitlana Velhush

La edad habitual para la especie es de hasta 90–100 años, y Jonathan ha superado ese umbral casi al doble. Los investigadores de la fundación Kallel Foundation y de la Universidad de Cambridge compararon su material genético con muestras de congéneres más jóvenes. Descubrieron 287 variantes únicas de genes relacionados con la reparación del ADN, la protección de los telómeros y el funcionamiento de las mitocondrias, las «centrales eléctricas» de la célula.

Llama especialmente la atención que, en algunos genes mitocondriales, la metilación del ADN de Jonathan resultó tan «joven» como la de una tortuga de cinco años. Al parecer, esto ayuda a las células a hacer frente con mayor eficacia a los daños que normalmente se acumulan con la edad. Se prohibió extraerle sangre por el riesgo para la salud del famoso habitante de la isla, por lo que los científicos se limitaron a un raspado de la mejilla y saliva.

Los resultados se publicaron en la revista Science Advances. No ofrecen una receta lista para el ser humano, pero muestran cómo la naturaleza resuelve la tarea de la vida longeva mediante ajustes sutiles del genoma y el epigenoma. Estudios de este tipo ayudan a ver los mecanismos comunes del envejecimiento en distintas especies y a entender por qué algunos organismos conservan su resistencia durante décadas y siglos.

La vida de Jonathan recuerda la fragilidad y la fuerza de los sistemas naturales: incluso en una isla diminuta, bajo la protección de las personas, la anciana tortuga continúa su camino. Sus particularidades genéticas no son solo un dato curioso, sino un argumento más a favor del cuidado de las especies raras y de sus hábitats.

El estudio de estos longevos abre una ventana a cómo los ecosistemas y las distintas especies hacen frente al tiempo, y subraya nuestra responsabilidad de preservar las condiciones en las que es posible una longevidad tan asombrosa.

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Fuentes

  • Scientists Took a Cheek Swab From the World’s Oldest Tortoise. His DNA Could Reveal Hints to Longevity

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