En el remoto atolón Palmyra, en el océano Pacífico, a más de mil millas al sur de Hawái, los científicos han descubierto una conexión inesperada entre las aves marinas y la salud de los arrecifes de coral.
Aves como los piqueros patirrojos y los charranes blancos se alimentan en el mar y regresan a tierra. Allí dejan guano, un fertilizante rico en nitrógeno que nutre el bosque y, con las lluvias, llega al océano.
Estos nutrientes estimulan el crecimiento del plancton, sostienen a los peces e incluso ayudan a los corales. Los arrecifes cercanos a las colonias de aves resultan notablemente más sanos.
Un estudio de casi doscientos atolones mostró que las aves devuelven cada año a tierra más de cien mil libras de nitrógeno. Es un ciclo natural que convierte las islas tropicales y los arrecifes en centros de biodiversidad.
Sin embargo, en muchas islas ese vínculo está roto. Las ratas invasoras y las plantaciones de cocoteros han reducido las poblaciones de aves y, por tanto, también el aporte de nutrientes al agua.
En Palmyra ya llevan más de diez años restaurando el ecosistema: en 2011 se eliminaron las ratas y desde 2019 se han retirado más de un millón de cocoteros. El bosque está regresando y las aves anidan con más actividad.
«El guano alimenta el ecosistema desde el bosque tropical hasta el arrecife, y lo único que queremos es más guano», dice Katie Franklin, de The Nature Conservancy.
Alex Wegmann, científico principal de la organización, señala que, si se eliminan las amenazas locales, los ecosistemas a menudo se recuperan por sí solos y se adaptan mejor a los cambios climáticos.
¿Podría el regreso de las aves ser una de las claves para salvar los arrecifes en un océano cada vez más cálido?
La experiencia de Palmyra ya se aplica en otros atolones, incluido el archipiélago de Chagos, en el océano Índico. La restauración de las aves ayuda no solo a los arrecifes, sino a todo el ecosistema asociado.

