En la orilla de un lago desaparecido hace mucho tiempo, el Tagua-Tagua, en el centro de Chile, los arqueólogos descubrieron un esqueleto casi completo de un gonfoterio adulto, un pariente extinto de los elefantes. El cráneo del animal, datado en aproximadamente 12 500 años atrás, presenta huellas de una fractura que, al parecer, pudo haber sido causada intencionalmente.
Las excavaciones fueron realizadas por un equipo internacional dirigido por el arqueólogo Rafael Labarca, de la Pontificia Universidad Católica de Chile. Los trabajos duraron desde el 31 de agosto hasta el 14 de septiembre de 2026 en la región de O’Higgins. Los huesos se conservaron de manera extraordinariamente buena, y el contexto del hallazgo apunta a un período de entre 12 600 y 12 400 años atrás. Las dataciones por radiocarbono aún se están precisando, por lo que las conclusiones se basan por ahora en la estratigrafía y en los artefactos asociados.
La atención especial de los investigadores la atrajo precisamente el cráneo. La fractura, según los científicos, pudo haber sido hecha para acceder al cerebro, una valiosa fuente de grasas y nutrientes. Por ahora se trata de una hipótesis de trabajo que requiere más análisis de laboratorio. Junto a los restos del gonfoterio se encontraron huesos de caballos extintos, huesos de aves quemados y herramientas de piedra, lo que dibuja un panorama de aprovechamiento sistemático de los recursos de la antigua ribera lacustre.
Los gonfoterios eran herbívoros macizos que alcanzaban varios metros de altura y pesaban varias toneladas. Habitaron Chile en el Pleistoceno y desaparecieron junto con otros representantes de la megafauna hacia el final de la época. El nuevo hallazgo complementa las ya conocidas evidencias de interacción de los seres humanos con estos animales y muestra que los grupos de cazadores-recolectores regresaron repetidamente a un mismo lugar productivo.
Las excavaciones de los años 2023–2026 revelaron una red de pozos de sondeo y ampliaron la zona de estudio. Al parecer, las personas no fundaron aquí asentamientos permanentes, sino que visitaban la orilla periódicamente, utilizando diversos recursos: desde grandes mamíferos hasta aves y, posiblemente, plantas. Semejante enfoque del paisaje habla de una adaptación flexible, y no de un acontecimiento puntual.
Si las investigaciones posteriores confirman la manipulación intencionada del cráneo, el hallazgo se convertirá en una de las evidencias más directas de cómo los primeros habitantes de América del Sur interactuaron con los gigantes de la época glacial. Añade detalles al panorama del poblamiento del continente y muestra que los seres humanos no solo coexistieron con la megafauna, sino que la incorporaron activamente a su dieta y a su economía.
Hallazgos como este ayudan a reconstruir con mayor precisión cómo las antiguas comunidades elegían sus lugares de asentamiento y administraban los recursos disponibles.
