En Cuba ha salido a la luz la segunda edición del catálogo de plantas del archipiélago —el único en la región del Caribe donde se ha catalogado por primera vez toda la flora en su conjunto, incluidos los vegetales con esporas—. En total, 8392 taxones: 7504 especies vasculares y 888 especies de musgos, hepáticas y antocerotas. De ellos, 43,4% son endemismos, especies que existen solo en Cuba y en ningún otro lugar del planeta.
Esta cifra parece una estadística abstracta, pero conviene recordar que detrás de ella hay dos años de intenso trabajo de 86 especialistas de más de 55 instituciones. Las condiciones de trabajo fueron difíciles, pero la voluntad colectiva permitió culminar el proyecto. El catálogo no es una simple lista: tiene más de dos mil páginas y 382 capítulos, distribuidos por familias y territorios. Por primera vez se reúnen bajo una misma cubierta los nombres científicos y los nombres populares de las plantas, su distribución por provincias, la adscripción ecológica de cada especie y una taxonomía actualizada: un estándar que los botánicos cubanos buscaron durante décadas.
Según los datos del catálogo, en las islas crecen 349 familias, 2073 géneros y casi siete mil especies autóctonas. De ellas, 3019 son exclusivas de Cuba. Diez familias aportan más del cuarenta por ciento de toda la flora autóctona, y diez géneros concentran casi la cuarta parte de todos los endemismos. Esta concentración de diversidad genética en unos pocos grupos hace que la flora cubana sea especialmente frágil: la pérdida de un solo género supone ya un golpe considerable para el acervo genético del archipiélago.
Las provincias más ricas son Guantánamo, Santiago de Cuba, Holguín y Pinar del Río; cada una alberga más de 2500 taxones y más de 700 endemismos. Estos centros de diversidad suelen quedar a la sombra de la atención internacional, aunque guardan plantas que solo se encuentran aquí y en ningún otro lugar del mundo. El oriente de la isla, que abarca las tres primeras provincias, destaca de manera especial: allí se concentran selvas tropicales, ecosistemas montanos de niebla, bañados por las nubes, y un paisaje kárstico único con mogotes, colinas de cumbres puntiagudas que emergen de la llanura.
El catálogo se ha transformado de obra de consulta en instrumento. Ofrece una línea de base geográfica y ecológica precisa: dónde crece cada especie, cuáles son endémicas, cómo se relacionan con formaciones vegetales y suelos concretos. Pero lo principal es que, sin un inventario tan minucioso, cualquier plan de conservación queda sobre el papel. En Cuba están en peligro crítico 950 especies de la flora, y la mayoría de ellas, a falta de una descripción precisa de sus áreas de distribución y su ecología, permanecen invisibles para la ciencia y la política.
El trabajo se llevó a cabo en circunstancias nada fáciles. Los especialistas encontraron la manera de continuar las investigaciones cuando las condiciones económicas y políticas empujaban a retroceder. El resultado es una taxonomía completamente actualizada, con nombres y datos geográficos precisados para cada especie. Ahora los botánicos y conservacionistas cubanos tienen lo que antes no tenían: un estándar unificado que reúne los conocimientos acumulados por generaciones de investigadores dispersos.
Para un archipiélago pequeño, un volumen de trabajo así es un logro poco común. La mayoría de los países de la región del Caribe aún no disponen de compendios tan completos de su flora. Cuba ha demostrado que el registro sistemático del mundo vegetal es posible incluso con recursos limitados, si existe la voluntad organizativa de coordinar los esfuerzos de científicos de distintas generaciones e instituciones.
El registro preciso de lo que crece sobre la tierra es el primer paso para su conservación. Y el segundo paso es cuando ese registro deja de ser información estrictamente especializada y se convierte en base de la política estatal de conservación de la naturaleza.

