En la remota región de Guainía, en el este de Colombia, donde confluyen las aguas del Orinoco y del Amazonas, los científicos descubrieron una alianza inesperada: las antiguas lenguas de los pueblos indígenas ayudan a revelar la riqueza de la fauna local. Cuando los investigadores comenzaron a estudiar las libélulas en esta tierra, los datos científicos mencionaban apenas una decena de especies. El trabajo conjunto con las comunidades locales permitió aumentar el número de especies conocidas hasta casi ciento veinte.
El proyecto «Dragones de Guainía» reveló que la diversidad de estos insectos está vinculada a la posición única de la región, en el cruce de varios ecosistemas. Aquí habitan especies propias de la cuenca del Orinoco, de la Amazonía y endemismos del escudo guayanés. Las libélulas y los caballitos del diablo sirven como indicadores singulares del estado de los ecosistemas de agua dulce, sensibles a los cambios en el agua.
Sin embargo, los cuerpos de agua de Guainía soportan una presión creciente. La minería, la tala de bosques, los residuos sin control y el turismo en aumento amenazan el frágil equilibrio. Sin un conocimiento preciso de las especies y de sus hábitats, proteger estos territorios se vuelve más difícil.
Los científicos celebraron una serie de encuentros con los habitantes, incluidos niños y ancianos que conservaban conocimientos ancestrales. En esas reuniones se mostraban los insectos y se pedía nombrarlos en las lenguas locales: tucano, puinave, curripaco. Algunos nombres lograron recuperarse de la memoria de los últimos hablantes; otros hubo que crearlos de nuevo en lenguas que están, ellas mismas, en peligro de extinción.
El líder de la comunidad tucano, Delio Suárez, señaló que ese trabajo invita a reflexionar sobre el regreso de las palabras perdidas y sobre volver a la sabiduría de los antepasados. Las comunidades ahora no solo registran las especies, sino que también desarrollan sus propios métodos para observar a las libélulas como marcadores de la pureza del agua.
Este enfoque muestra cómo el conocimiento codificado en la lengua se convierte en un instrumento de protección de la naturaleza. Cuando las personas nombran a un ser en su propia habla, este deja de ser un objeto abstracto y se transforma en parte de su mundo, del que se sienten responsables.
Preservar las lenguas junto con los ecosistemas permite a los habitantes locales vigilar con mayor eficacia el estado de sus ríos y lagos.


