En una remota zona de la Antártida Oriental, entre las colinas de Allan, los investigadores han extraído una muestra de hielo cuya edad alcanza los seis millones de años, el hielo más antiguo jamás datado directamente, y el aire atrapado en él. El hallazgo abre un acceso excepcional a una época en la que el planeta era notablemente más cálido, el nivel del mar era considerablemente más alto y la atmósfera contenía concentraciones de gases de efecto invernadero muy diferentes a las actuales.
La investigación fue liderada por Sarah Shackleton del Instituto Oceanográfico de Woods Hole y John Higgins de la Universidad de Princeton, que trabajan en el Centro para la Investigación del Hielo Más Antiguo (COLDEX). Esta iniciativa reúne a quince instituciones científicas estadounidenses bajo la dirección de la Universidad Estatal de Oregón. Los científicos trabajaron en un campamento de campo situado a dos mil metros de altitud, donde perforaciones de solo cien a doscientos metros de profundidad permitieron acceder a las capas más antiguas. Gracias a la particular interacción entre el flujo glaciar y el relieve —montañas escarpadas y desfiladeros—, las capas antiguas se encuentran aquí más cerca de la superficie y son más accesibles para su estudio que en el centro del manto de hielo, donde habría que extraerlas desde más de dos mil metros de profundidad.
La datación directa fue posible gracias a la medición directa de la composición isotópica del argón en las burbujas de aire. Este método, a diferencia de los enfoques indirectos, no requiere suposiciones sobre la estratificación continua del hielo y proporciona confianza en la edad de las muestras. El estudio, publicado en la revista Proceedings of the National Academy of Sciences, mostró que el hielo de las colinas de Allan es seis veces más antiguo que el récord anterior de núcleos de hielo continuos, que era de ochocientos mil años.
El análisis de los isótopos de oxígeno en el propio hielo reveló un panorama dramático: la región se enfrió gradual pero constantemente, aproximadamente doce grados Celsius, durante todo el período de seis millones de años. Esta es la primera medición directa de un enfriamiento tan prolongado en la Antártida durante un intervalo tan enorme. Al mismo tiempo, las muestras de hielo permiten reconstruir las concentraciones de gases de efecto invernadero en la atmósfera de aquella época antigua, el período del Mioceno y el Plioceno, cuando el clima de la Tierra era sustancialmente diferente al actual.
A diferencia de los registros continuos de los últimos ochocientos mil años, las muestras obtenidas no representan una crónica continua, sino 'instantáneas' discretas del clima: fragmentos separados por capas de hielo más joven. Sin embargo, es precisamente esta fragmentación la que amplía el horizonte científico: permite vislumbrar épocas sobre las que antes solo se podía especular. El director de COLDEX, Ed Brook, paleoclimatólogo de la Universidad Estatal de Oregón, señaló que el hallazgo superó con creces las expectativas: los científicos esperaban encontrar hielo de hasta tres millones de años, pero descubrieron muestras dos veces más antiguas.
En el contexto de la ciencia global, COLDEX es uno de los varios equipos que mantienen una competencia amistosa por ampliar los límites de los archivos de hielo. Un grupo europeo anunció recientemente el descubrimiento de un núcleo continuo que alcanza 1,2 millones de años, pero el hallazgo en las colinas de Allan desplaza la escala temporal varios millones de años atrás, aunque en forma de fragmentos individuales y no de una columna continua.
En los próximos años, el equipo de COLDEX planea nuevas expediciones a la zona de las colinas de Allan. El objetivo es ambicioso: obtener muestras aún más antiguas y 'instantáneas climáticas' más detalladas que puedan ensamblarse en un mosaico único. Los trabajos están previstos para el período comprendido entre 2026 y 2031 y podrían ampliar sustancialmente la comprensión de las fluctuaciones climáticas naturales y los mecanismos que gobiernan la evolución del sistema terrestre.
Estos hallazgos nos recuerdan la fragilidad del sistema climático planetario. Las evidencias directas de las profundidades del tiempo no son solo símbolos de épocas pasadas, sino una auténtica clave para comprender los cambios actuales. Cuando vemos cómo ha cambiado el clima a lo largo de millones de años, es posible evaluar la magnitud y la velocidad de las transformaciones que ocurren en nuestros días y prever hacia dónde pueden conducirnos.

