El mediodía hacía tiempo que había dado paso a la noche profunda del año 1977 en la base de Ellsworth, en Dakota del Sur. Dos jóvenes guardias del equipo de seguridad —Mario Woods y Michael Johnson— recibieron la alarma: se había activado la señalización en la plataforma de lanzamiento November-5, donde se encontraba una ojiva termonuclear activa. Salieron a revisar el perímetro. Lo que les esperaba en la oscuridad destrozó su mundo habitual.
Sobre la instalación se cernía una enorme estructura brillante del tamaño de una manzana entera de la ciudad. La luz era inusual, casi tangible. De ella descendió una esfera oscura que lentamente rodeó su camioneta. Cuatro figuras se acercaron a la ventana: sombrías, extrañas, claramente no humanas. Pronunciaron solo tres palabras: «No temáis». A partir de ahí, la memoria se interrumpe. Más de cinco horas después, ambos despertaron a ocho millas y media del puesto, en la presa de Newell. Johnson estaba al volante, como congelado. La tierra alrededor del vehículo se había convertido en barro, aunque el campo debería haber estado completamente helado.
En la base les esperaban los interrogatorios. Woods habló de la luz y de las horas perdidas, pero omitió a las criaturas, y conservó su autorización de seguridad. Johnson lo describió todo. Esa misma noche, según él, fue interrogado con suero de la verdad, luego fue degradado, asignado a trabajos de mantenimiento y dado de baja con un código que cerró su futuro militar. Sus caminos se separaron. Durante décadas, Johnson reprimió los recuerdos y atravesó períodos difíciles. Woods buscó a su compañero a través del FBI, la inteligencia de la Fuerza Aérea, los comités del Senado y la oficina de ovnis del Pentágono. Treinta años, y nada.
Todo cambió cuando un espectador del programa American Alchemy, presentado por Jesse Michels, envió un enlace a una página de Facebook. El equipo del programa encontró a Michael Johnson. Una semana después, ya estaba en línea. Al escuchar solo el nombre de la base y el mes del suceso, él mismo pronunció: «OVNI». Los organizadores organizaron una llamada telefónica y luego llevaron a ambos a Austin. Por primera vez en casi medio siglo, los dos hombres se encontraron en la misma habitación, ya en el estudio del programa. Allí también se realizaron sesiones separadas de regresión hipnótica en diferentes momentos y sin posibilidad de escucharse mutuamente. Sus relatos coincidieron en detalles clave.
También surgieron extraños rastros materiales: el guante perdido de Woods, que Johnson vio en un suelo brillante, diferente de las alfombrillas de la camioneta; una quemadura en el brazo de la que luego se tomó una muestra de tejido. El agente del Servicio de Investigaciones Especiales de la Fuerza Aérea, Rick Doty, admitió más tarde que estuvo presente en el interrogatorio y cree que los hechos descritos realmente ocurrieron. En una de las conversaciones se mencionó una frase, como escuchada de un representante de Los Álamos: los sistemas de propulsión de tales artefactos no se construyen, se cultivan, y el material es capaz de desmaterializarse.
Dos relatos independientes, separados por casi cincuenta años de silencio, ahora yacen uno junto al otro. Qué ocurrió exactamente durante esas horas sobre el misil nuclear y a dónde llevaron a la seguridad sigue siendo una pregunta abierta que continúa atrayendo la atención de quienes buscan respuestas más allá de las explicaciones habituales.


