Una planta parásita Balanophora fungosa, que habita en las selvas tropicales, siempre ha desconcertado a los botánicos por su aspecto. No tiene hojas verdes ni raíces propias, y sus inflorescencias se parecen más a vistosas piñas o a hongos. Durante mucho tiempo se creyó que los frutos de esta planta simplemente caían al suelo por acción de la gravedad o eran dispersados por las hormigas. Sin embargo, las investigaciones del botánico japonés Kenji Suetsugu (Kenji Suetsugu) de la Universidad de Kobe, publicadas en la revista Ecology, refutaron por completo estas ideas.
Tras colocar cámaras nocturnas de cámara lenta en la isla japonesa de Ishigaki, el científico descubrió que las hormigas ignoran los frutos de la planta. Los verdaderos «jardineros» de Balanophora fungosa resultaron ser los cangrejos ermitaños terrestres de la especie Coenobita brevimanus y las cucarachas australianas (Periplaneta australasiae).
Atraídos por el intenso aroma fermentado de las inflorescencias maduras, estos animales nocturnos devoran activamente los frutos. Los cangrejos ermitaños arrancan los frutos con sus pinzas y pueden limpiar por completo la planta en una sola noche. Al hacerlo, las pequeñas semillas se adhieren a sus pinzas, caparazones y patas, emprendiendo un viaje por la selva. Parte de las semillas son ingeridas enteras y, tras pasar por su tracto digestivo, siguen siendo viables y salen al exterior junto con los excrementos, lejos de la planta madre.
Este descubrimiento se convirtió en el primer caso documentado en el que los cangrejos ermitaños terrestres actúan como dispersores de semillas de pleno derecho (síndrome de endozoocoria). El estudio demuestra que incluso los invertebrados y crustáceos que nos resultan habituales pueden desempeñar un papel clave en la supervivencia de especies vegetales raras, algo que los científicos ni siquiera sospechaban antes.

