Ryugu: testigo del nacimiento del sistema solar

Autor: Uliana S

Video del asteroide Ryugu. En 2018, la sonda Hayabusa-2 desplegó pequeños rovers en la superficie del asteroide Ryugu.

En septiembre de 2026, científicos de la Universidad de Hokkaido y sus colegas presentaron en la revista Science resultados que obligan a mirar con nuevos ojos los primeros pasos de nuestro sistema planetario. Las muestras del asteroide Ryugu, traídas por la sonda japonesa «Hayabusa-2», mostraron que el cuerpo progenitor de esta roca celeste se formó no más tarde de dos millones de años después del nacimiento del Sol, es decir, hace al menos 4,5653 mil millones de años.

Ryugu no es un objeto primigenio y monolítico. Son ruinas. Alguna vez existió un cuerpo mucho más grande. Chocó con otro, se destruyó, y los fragmentos volvieron a reunirse con el tiempo. Precisamente esos fragmentos fueron los que trajeron a la Tierra. Hasta ahora no quedaba claro cuándo había aparecido exactamente el cuerpo original. El equipo de investigadores, incluido el profesor asociado Noriyuki Kawasaki, determinó la edad de los minerales de las muestras mediante métodos de radioisótopos y estimó las temperaturas a las que cristalizaron esos minerales. Después, los resultados se cotejaron con modelos informáticos de la evolución térmica del cuerpo progenitor. La conclusión resultó inequívoca: surgió en los primeros instantes de la vida del sistema solar.

Esto es importante. Hasta ahora, el análisis de meteoritos similares a Ryugu indicaba que sus cuerpos parentales se habían formado más tarde, aproximadamente unos 2,2 millones de años o más después del inicio. Ryugu y las sustancias relacionadas con él pertenecen a una generación más temprana. Estos asteroides carbonáceos son ricos en agua y materia orgánica. Se cree que precisamente ellos pudieron haber traído a la joven Tierra tanto el agua como los bloques constituyentes de la vida. Ahora está claro: estos materiales ya existían en el mismísimo comienzo.

El cuadro que se dibuja es casi increíble. El Sol apenas acababa de encenderse. A su alrededor giraba un disco de gas y polvo. En las frías regiones exteriores, casi instantáneamente (según los parámetros cósmicos) comenzaron a formarse los primeros cuerpos sólidos. En su interior, el hielo se derretía, el agua reaccionaba con los minerales, se formaban compuestos complejos. Después, colisiones, destrucciones, una nueva reunión, y he aquí que el diminuto asteroide Ryugu, con menos de un kilómetro de diámetro, lleva consigo durante miles de millones de años la memoria química de aquellos primeros procesos.

Vivimos en un mundo donde un trozo de piedra, traído desde una distancia de cientos de millones de kilómetros, permite asomarse a una época en la que aún no existían ni los planetas tal como los conocemos, ni siquiera un sistema solar definitivamente formado. Todo resultó estar relacionado con una precisión asombrosa: la desintegración radiactiva de isótopos de vida corta, el calor, el agua, la materia orgánica, las colisiones, y en definitiva las condiciones en las que, en uno de los planetas, pudo surgir la vida. Ryugu simplemente guardó en silencio esta historia hasta que «Hayabusa-2» nos la reveló.

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