En la remota región de formación estelar IRAS 07299−1651, a unos 5500 años luz de la Tierra, se desarrolla una escena que los astrónomos casi nunca logran presenciar de primera mano. Dos protoestrellas masivas —astros aún no formados por completo que acumulan masa activamente a partir del gas y el polvo circundantes— orbitan una alrededor de la otra. Su masa total ya alcanza al menos 18 masas solares, y la distancia entre ellas es actualmente de unas 200 unidades astronómicas. Y todo esto sucede ahora mismo, ante nuestros ojos, si hablamos en escalas cósmicas.
Un equipo internacional de investigadores, liderado por Yichen Zhang de la Universidad Jiao Tong de Shanghái, siguió a esta pareja durante casi ocho años utilizando el radiointerferómetro ALMA. Registraron desplazamientos sutiles en las posiciones de las estrellas en el cielo. A los datos de ALMA se sumaron observaciones del Very Large Array, imágenes infrarrojas del telescopio James Webb y del Very Large Telescope. Como resultado, se logró reconstruir una imagen tridimensional completa del sistema: la órbita, la orientación de los discos de gas alrededor de cada estrella y la dirección de los chorros que emanan de ellas.
El panorama resultó ser muy distinto de lo esperado. La órbita resultó ser muy alargada, casi parabólica. Los discos alrededor de las dos protoestrellas están fuertemente inclinados entre sí y respecto al plano orbital. Si las estrellas hubieran nacido juntas a partir de un único y gran disco en rotación, como sugiere el escenario clásico de fragmentación, sus rotaciones y discos deberían ser aproximadamente coaxiales. Aquí, sin embargo, todo parece caótico y «ajeno».
Los investigadores concluyeron que los dos objetos comenzaron a formarse de manera independiente, en núcleos densos separados de una nube molecular. Luego se produjo un encuentro gravitatorio cercano, una especie de «cita» cósmica que ocurrió hace apenas unos 60 años según el calendario terrestre. En el reloj astronómico, esto es un instante. Los discos compactos alrededor de cada estrella sobrevivieron a este encuentro y conservaron su estructura. Actualmente, el sistema se tambalea en el límite: la órbita se encuentra cerca de la frontera del estado ligado, y la interacción futura con el gas circundante aún podría decidir si estos gigantes permanecerán juntos para siempre o se separarán.
Este trabajo, publicado en Nature Astronomy, demuestra que la vida temprana de las estrellas masivas puede ser mucho más dinámica e impredecible de lo que se pensaba. La mayoría de los astros masivos existen en sistemas binarios o múltiples, y son precisamente estas parejas las que más tarde determinan el destino de regiones enteras del cosmos, a través de supernovas, la expulsión de elementos pesados y la formación de las siguientes generaciones de estrellas.
En este evento se percibe toda la magnitud del universo. En algún lugar de la fría oscuridad de una nube interestelar, dos enormes grumos de gas se aproximaron por azar, y de ese encuentro nace un sistema que, tal vez, brillará durante millones de años. Vivimos en un mundo donde procesos tan grandiosos ocurren constantemente, y los instrumentos modernos nos permiten asomarnos por un instante al corazón mismo de este ballet cósmico.

