El espacio lleva mucho tiempo siendo considerado la última frontera para la exploración humana. Ahora también se está convirtiendo en un campo de pruebas para la inteligencia artificial.
En mayo, NASA e IBM colocaron un modelo compacto de IA en la Estación Espacial Internacional y en un satélite. Fue el primero de su tipo en demostrar en el espacio la capacidad de reconocer inundaciones y nubes desde la órbita.
En julio, los astronautas de la ISS probaron un gran modelo de lenguaje. Este ayudaba a responder preguntas sobre procedimientos de mantenimiento técnico.
Estas pruebas reflejan un cambio en la ingeniería espacial. Durante décadas, los ingenieros en la Tierra definían con precisión el comportamiento de los aparatos. Ahora los investigadores comprueban si los sistemas no deterministas, como la IA generativa, pueden dar a las naves espaciales más flexibilidad para interpretar el entorno y planificar tareas.
La tecnología aún está lejos de que se le confíe el control de una nave. Pero los ingenieros empiezan a preguntarse: ¿se puede prescindir de esa autonomía cuando las misiones se vuelven más complejas, más lejanas y más numerosas?
Robert Ambrose, antiguo jefe de la división de NASA de software, robótica y simulaciones, señala que la autonomía a menudo no ofrece un resultado determinista. Los ingenieros evitaron durante mucho tiempo esa imprevisibilidad, pero ahora buscan formas de gestionarla.
Las misiones lejanas, por ejemplo a Europa, hacen necesaria la autonomía: reaccionar ante eventos repentinos como los penachos de agua es imposible sin decisiones a bordo.
El auge comercial en el espacio acelera la adopción de estas tecnologías, aunque la física de la microgravedad exige adaptar los modelos entrenados en la Tierra.


