Martin Pistorius permaneció en estado vegetativo durante 12 años, hasta que los médicos declararon que su conciencia se había perdido para siempre. Sin embargo, una cuidadora notó movimientos oculares que nadie más había visto, y se descubrió que, durante todo ese tiempo, él había sido consciente de lo que ocurría, atrapado en una especie de prisión dentro de su propio cuerpo. El neurobiólogo Christof Koch, director del Instituto Allen para la Ciencia del Cerebro y uno de los principales investigadores de la conciencia, señala un problema grave: los médicos diagnostican erróneamente el estado vegetativo en aproximadamente el 40% de los casos, confundiéndolo con un estado de conciencia mínima. Esto significa que muchos pacientes que parecen estar profundamente inconscientes, en realidad escuchan y ven todo a su alrededor.
La brecha entre el comportamiento y la conciencia pone en duda los criterios clínicos habituales. Koch subraya que la conciencia no es un fenómeno binario, como se suele pensar, sino un espectro que puede oscilar desde una vigilia vívida hasta destellos confusos. Al mismo tiempo, los movimientos oculares reflejos o las contracciones espontáneas no prueban la existencia de experiencia, del mismo modo que su ausencia no demuestra la falta de consciencia. Las pruebas clínicas convencionales simplemente no son sensibles a formas de percepción más sutiles.
En el contexto de la teoría de la información integrada, que Koch desarrolla junto con el neurobiólogo Giulio Tononi, la conciencia no depende del comportamiento, sino de la capacidad del cerebro para integrar información. Koch distingue la conciencia fenomenológica —la experiencia subjetiva en sí— de la accesibilidad a esa experiencia y de la autoconciencia. Los animales y los bebés pueden sentir dolor o miedo sin tener una noción de sí mismos como sujetos. Las plantas, en su opinión, probablemente carecen de conciencia, ya que la integración de información requiere un sistema cerebral, aunque la ciencia aún no ofrece una respuesta definitiva.
Metodológicamente, la entrevista de Koch se apoya en observaciones clínicas, testimonios personales y datos de resonancia magnética funcional que revelan actividad en el cerebro de pacientes que parecen estar inconscientes. Pero Koch no oculta las limitaciones de las técnicas actuales: incluso cuando la ciencia registra la actividad cerebral que sustenta la conciencia, la comunicación con el paciente sigue siendo extremadamente difícil. El movimiento de un párpado o un instante de activación cortical distan mucho de ser un diálogo. Por ello, sigue abierta la cuestión de qué mecanismos neuronales precisos permiten la activación de la experiencia sin marcadores conductuales visibles.
El propio Pistorius describió su estado de forma figurada: como estar encerrado en una habitación sin puertas ni ventanas, donde ves y oyes todo lo que sucede fuera, pero no puedes golpear la pared ni gritar. Es precisamente esta metáfora la que Koch utiliza ahora para explicar que la conciencia puede estar plenamente presente, pero ser completamente invisible para un observador externo.
La conversación con Koch demuestra que la investigación sobre la conciencia depende de la capacidad de distinguir entre los correlatos neuronales de la experiencia subjetiva y los correlatos neuronales del comportamiento; son cosas fundamentalmente distintas. Esta distinción influye directamente en la ética del cuidado de pacientes con trastornos de la conciencia, en la toma de decisiones clínicas y en los futuros intentos de evaluar si un sistema artificial puede realmente poseer experiencia, en lugar de simplemente imitarla.

