En 2026, la revista Journal of Neuroscience publicó el influyente artículo de Joseph LeDoux «My Fifty Years Thinking About Emotional Consciousness in the Brain», una reflexión del científico sobre un camino que abarca medio siglo de investigación neurocientífica. No es un informe de un nuevo descubrimiento, sino un género raro en la ciencia moderna: una reevaluación honesta de las propias ideas. LeDoux rastrea la evolución de su pensamiento desde sus primeros trabajos sobre el cerebro dividido a mediados de la década de 1970 hasta la comprensión actual de que las reacciones de miedo conductuales y la experiencia consciente de las emociones no son lo mismo.
Su camino comenzó de manera inusual. A mediados de la década de 1970, LeDoux trabajó en los estudios clásicos sobre el cerebro dividido junto a Michael Gazzaniga, investigando cómo cada hemisferio cerebral procesa la información de forma independiente. Estas investigaciones, realizadas en la Dartmouth Medical School, despertaron en el joven científico un profundo interés por la conciencia, en particular por la conciencia emocional. Sin embargo, LeDoux pronto se dio cuenta de que el cerebro humano es difícil de estudiar y se trasladó a las ratas, donde podía rastrear los circuitos neuronales en detalle.
Sus experimentos clásicos sobre el condicionamiento del miedo revelaron el papel clave de la amígdala en la formación de las respuestas de defensa. Una rata escucha un sonido seguido de una descarga eléctrica y pronto se queda paralizada solo con el sonido, un condicionamiento clásico pavloviano. Pero aquí está la paradoja que LeDoux señaló ya entonces: la activación de las neuronas de la amígdala ante el sonido no equivale al sentimiento de miedo. Es una reacción conductual, un antiguo sistema de supervivencia. ¿Y el sentimiento? En su opinión, requiere más: procesos metacognitivos en los que la corteza cerebral crea una representación de sí misma en un estado de miedo. El cerebro observa sus propias activaciones, reflexiona, y de esta auto-referencia surge la experiencia subjetiva.
En su nuevo artículo, LeDoux critica sistemáticamente lo que él llama el error conceptual de muchas teorías emocionales: la identificación de los correlatos neuronales del comportamiento emocional con las emociones mismas. Sus propios cuatro décadas de datos sobre la amígdala lo llevaron a él y a sus colegas (incluido el filósofo Richard Brown del LaGuardia Community College CUNY) a un modelo más complejo: las emociones no son circuitos neuronales en el subcórtex, sino más bien representaciones de alto nivel que surgen de lo que la corteza hace con todas las señales entrantes. La diferencia entre la conciencia emocional y la no emocional, afirma LeDoux, no radica en el origen de las señales (ambas pueden comenzar en el subcórtex), sino en qué entradas procesa la corteza y cómo las integra.
Es especialmente importante que LeDoux no pretenda resolver el "problema difícil" de la conciencia, la cuestión de por qué los procesos físicos dan lugar a la experiencia subjetiva. En cambio, enfatiza la necesidad de distinguir claramente entre los aspectos funcionales (lo que hace el sistema) y los fenomenológicos (cómo se siente el sistema). Muchas teorías modernas, señala, mezclan estos niveles de análisis. Su posición está más cerca de las llamadas teorías de orden superior (Higher-Order Theory of consciousness), en las que la conciencia surge de representaciones sobre los propios estados mentales, que de las concepciones de las emociones como productos directos de las estructuras subcorticales.
Este trabajo devuelve la ciencia de la conciencia a la pregunta fundamental: ¿qué medimos realmente cuando hablamos de "conciencia emocional"? Cuando registramos la actividad de la amígdala ante un sonido que precede a una descarga, estamos registrando un comportamiento de defensa, una herramienta de supervivencia perfeccionada por la evolución. Pero la conciencia es otra cosa. Comprender la diferencia entre el comportamiento de defensa y la experiencia subjetiva sigue siendo crucial no solo para la neurobiología de las emociones normales, sino también para el tratamiento de los trastornos emocionales, donde las personas a menudo sienten miedo sin una razón aparente o, por el contrario, pueden actuar con fría calculación sin experimentar miedo.



