Los restaurantes han encontrado una nueva forma de ahorrar: ¿para qué pagarle a un fotógrafo, al cocinero por una bonita presentación y a la persona que luego pasa dos horas moviendo una hojita de albahaca tres milímetros a la derecha, si basta con decirle a la inteligencia artificial:
«Dibuja una pizza muy deliciosa».
La IA respondió:
— Sin problema. ¿Y cuánto queso debería llevar la pizza?
— Más bien bastante.
— Entendido. Todo el queso del mundo.
Y empezó.
En el menú empezaron a aparecer hamburguesas tan perfectas que una mandíbula humana físicamente no habría podido abrirlas. Pizzas con queso que se estira hasta algún lugar más allá de la fotografía. Tartas con crema que violan varias leyes de la física.
Y luego llegaron las gambas.
Algunas tenían un aspecto como si la IA entendiera más o menos el concepto de gamba, pero hubiera decidido inventarse los detalles por su cuenta.
Una cabeza.

Seis colas.
Tantas patas que podrían atender por sí solas la mesa de al lado.
El cliente mira el menú y ya no piensa:
«Mmm, marisco».
Piensa:
«Dios mío, ¿dónde vive eso?»
Lo mejor de todo es que antes se acusaba a las fotos de los restaurantes de que la comida se veía demasiado bien.
Ahora el problema es el opuesto.
Pides una hamburguesa por la foto y esperas que la de verdad sea menos parecida a la foto.

Los postres lo tienen especialmente difícil.
A la IA le encanta el chocolate.
Por eso, la petición:
«Pon un poco de salsa de chocolate»
a veces lo entiende como:
«Inunda Europa con chocolate».
Como resultado, un trocito de tarta de queso se alza en medio de un océano marrón, y al lado descansan siete fresas de forma idéntica, como si acabaran de salir de la academia militar.
Pero, tal vez, estemos subestimando la nueva tecnología.
Los nutricionistas llevan décadas explicando a la gente:
— Coman menos.
La IA ha resuelto el problema de forma mucho más eficaz.
Basta con abrir el menú.
Ver una gamba con seis colas, una hamburguesa del tamaño de un microondas y una ensalada donde el tomate mira sospechosamente directo a ti.
Y decirle al camarero:
—Sabe qué… solo agua. 😄
Así que la inteligencia artificial sí que ha protagonizado una revolución en la restauración.

Fue la primera en aprender a reducir las calorías de un plato antes incluso de que lo traigan.




