La ceniza volcánica que se depositó sobre un bosque de Nuevo México durante el Campaniense tardío, hace unos 74,6 millones de años, preservó algo más que simples huellas de hojas: capturó la imagen completa de un ecosistema maduro donde las plantas con flores ya eran dominantes. Este hallazgo paleobotánico excepcional, un yacimiento conocido como la "toba de Dori", contradice la teoría largamente aceptada de que la verdadera expansión de las angiospermas comenzó únicamente tras el impacto del asteroide hace 66 millones de años.
Hasta hace poco, la comunidad científica sostenía que en aquel periodo las plantas con flores seguían siendo pequeñas, de tipo herbáceo y producían semillas minúsculas que se dispersaban por el viento o caían directamente al suelo. Según esta versión, los frutos grandes y carnosos que requieren la intervención de animales para su propagación surgieron más tarde, coincidiendo con el auge de los mamíferos y las aves tras la desaparición de los dinosaurios. Sin embargo, las investigaciones en la formación Jose Creek demuestran lo contrario: diez millones de años antes de la catástrofe, ya existían bosques densos en climas cálidos y húmedos con grandes árboles de flor, incluidos parientes de los laureles y las palmeras. Los dinosaurios de esta región alcanzaban tamaños imponentes, como lo demuestra el hallazgo de restos de una especie de tiranosaurio de gran envergadura.
La clave del enigma reside en el tamaño de las diásporas, es decir, las semillas junto con sus estructuras envolventes. En la mayoría de los yacimientos del Cretácico, estas son comparables a una semilla de amapola. En este lugar, en cambio, el tamaño medio se aproxima al de un arándano grande, y algunos frutos llegan a medir un centímetro de longitud. Este incremento de cien veces en el volumen sugiere que las plantas ya invertían recursos considerables en cada semilla y dependían de animales dispersores, como los primeros mamíferos y, posiblemente, ciertos dinosaurios herbívoros.
Lo que hace único a este hallazgo es que la lluvia de ceniza ocurrió en cuestión de días, "congelando" instantáneamente el bosque en plena actividad. En los niveles inferiores del sedimento se conservó incluso la vegetación del suelo, mientras que en los superiores se hallaron hojas y frutos caídos del dosel arbóreo. Los científicos recorrieron literalmente 1,2 kilómetros de este bosque sepultado y recolectaron casi 80 tipos diferentes de frutos y semillas, además de restos de troncos de gran tamaño. Esto permitió reconstruir no solo especies aisladas, sino un ecosistema completo en su estado original.
El descubrimiento, descrito por investigadores de la Universidad de California en Berkeley bajo la dirección de Cindy Looy, replantea el momento exacto en que las plantas con flores empezaron a establecer interacciones complejas con la fauna. Si ya existían diásporas de gran tamaño en el Cretácico tardío, significa que la evolución de las estrategias reproductivas avanzó en paralelo al auge de las angiospermas, en lugar de esperar a la reestructuración ecológica posterior a la extinción. El bosque de Nuevo México demuestra que, incluso bajo la sombra de los dinosaurios, la naturaleza logró crear comunidades maduras y diversas donde plantas y animales ya eran interdependientes.
En la actualidad, las plantas con flores representan cerca del 90% de la vegetación terrestre y proporcionan la mayor parte del sustento básico de la humanidad. Aunque surgieron a principios del Cretácico, hace unos 135 millones de años, continúan siendo el grupo botánico más dinámico y exitoso de la Tierra. Comprender que sus rasgos modernos empezaron a definirse mucho antes del gran cataclismo nos ayuda a apreciar la antigüedad y la resiliencia de los vínculos ecológicos que hoy consideramos normales.


