En septiembre de 2026, científicos de la Universidad de Tubinga publicaron los resultados de un experimento que coincidió de manera inesperadamente precisa con un tema que apasiona a los amantes de la naturaleza: a las personas, en efecto, les gustan más los trinos de las aves agudos y complejos.
En el estudio, 84 voluntarios escucharon grabaciones de las voces de 123 especies de aves europeas y evaluaron su atractivo en una escala de cinco puntos. El líder fue el mirlo común (Turdus merula), con una puntuación media de 4,52. Su canto rico, semejante a una flauta, combina notas agudas, una banda de frecuencia estrecha y multitud de elementos variados. En los últimos puestos quedaron la lechuza común (Tyto alba) y otras especies con gritos fuertes, graves y simples.
El análisis de las características acústicas mostró una pauta clara. Los participantes preferían las vocalizaciones silenciosas, agudas y relativamente complejas. Cuantos más elementos y variaciones contenía el canto, mejor se valoraba. Además, el nivel de conocimientos sobre las aves no influía en el resultado: incluso quienes no sabían distinguir un mirlo de un pinzón elegían los mismos trinos.
Esto coincide con datos anteriores según los cuales las personas y los propios animales suelen coincidir al valorar las señales de cortejo. En un estudio de marzo publicado en Science, más de cuatro mil participantes de distintos países eligieron con mayor frecuencia los mismos trinos y chasquidos «adornados» que prefieren las propias aves, ranas e insectos. Tales coincidencias apuntan a raíces profundas, posiblemente evolutivas, de nuestros gustos.
Para las ciudades y los parques, las conclusiones del estudio tienen una importancia práctica. Los urbanistas pueden tener en cuenta qué especies de aves crean el fondo sonoro más agradable, y los defensores de la naturaleza pueden promover precisamente a las aves cantoras como símbolos de la conservación de la biodiversidad. Cuando oímos un trino complejo, quizá reaccionamos ante la señal de un entorno sano y seguro al que aspiramos por instinto.
Al escuchar a las aves, conviene prestar atención no solo al volumen, sino también a la riqueza de la melodía: esto ayuda a valorar mejor y a proteger a quienes con sus voces nos calman.
