Durante siglos, los pingüinos jentoo parecieron una misma especie: esbeltos, con «gafas» blancas y picos de color naranja brillante, que habitan extensiones desde las Malvinas hasta la Antártida. Pero el análisis genético mostró que, tras el parecido externo, se esconden cuatro líneas evolutivas independientes, separadas hace cientos de miles de años. Una de ellas —la sudoriental— permaneció sin ser reconocida hasta hace poco, aunque habitaba en las remotas islas Kerguelen, en el océano Índico.
Un equipo internacional de 22 investigadores, dirigido por científicos de la Universidad de California en Berkeley y de universidades chilenas, estudió los genomas de 64 ejemplares de diez colonias. Los resultados, publicados en abril del año 2026 en la revista Communications Biology, confirmaron que los pingüinos jentoo septentrionales, meridionales, orientales y sudorientales constituyen especies distintas. El sudoriental, que recibió el nombre de Pygoscelis kerguelensis, resultó ser «críptico»: externamente indistinguible de sus congéneres, pero genéticamente único.
La separación ocurrió en un período de entre 300 y 500 mil años atrás, cuando las barreras climáticas y oceánicas, incluido el frente polar antártico, limitaron el intercambio de genes. Cada línea se adaptó a sus propias condiciones: las diferencias afectaron la termorregulación, el metabolismo y la estructura del esqueleto. El fuerte apego a los lugares de nidificación reforzó el aislamiento, pese a la capacidad de las aves para desplazarse a largas distancias.
El descubrimiento tiene una importancia directa para la conservación. La modelización de los futuros hábitats muestra que tres de las cuatro líneas podrían perder una parte significativa de los hábitats adecuados debido al calentamiento, mientras que la meridional posiblemente se expanda. El recuento conjunto de las poblaciones enmascaraba antes la vulnerabilidad de grupos concretos, en especial la de la escasa población sudoriental de Kerguelen.
Este caso recuerda hasta qué punto pueden ser incompletas nuestras ideas sobre la biodiversidad, incluso en animales bien estudiados. Las herramientas genéticas permiten ver lo que escapó a la mirada de los naturalistas durante más de un siglo y corregir las estrategias de protección en tiempo real.
Una cartografía minuciosa de la diversidad genética ayuda a evaluar con mayor precisión los riesgos y a dirigir los esfuerzos de conservación precisamente a aquellas poblaciones que más los necesitan.


