¿Qué se hace cuando tu madre es la heredera de una fortuna multimillonaria, pero te criaste en el cuarto trastero de una tienda de ultramarinos solo porque un abuelo aristócrata nunca aprobó su romance de juventud? En una sociedad civilizada, lo habitual sería recurrir a los tribunales. Sin embargo, Beckett Redfellow, el protagonista de la película "El Heredero" (How to Make a Killing), considera que las minutas de los abogados son excesivas y que la vida es demasiado corta. Curiosamente, esa brevedad vital acaba afectando más bien a su numerosa parentela.
El director John Patton Ford ha rodado una sátira sorprendentemente ácida sobre el sueño americano y la sociedad de castas. Ante nosotros se despliega la clásica trama de venganza de un hijo ilegítimo, en la que un Glen Powell de eterna sonrisa hollywoodiense se dispone a pasar revista a su árbol genealógico. El botín asciende a 28.000 millones de dólares y una mansión señorial a las afueras de Nueva York. ¿Es posible empatizar con un personaje que decide resolver sus problemas patrimoniales mediante el método de la selección natural? La cinta logra estructurar el relato de tal forma que el espectador, casi sin querer, termina apoyando a este emprendedor exterminador.
La ironía del filme reside en que las víctimas de Beckett —ricos mimados, pastores hipócritas y artistas fraudulentos— despiertan mucha menos compasión que el propio asesino a sangre fría.
El dúo actoral formado por Powell y Margaret Qualley sostiene con maestría el equilibrio entre el suspense criminal y la comedia del absurdo. Mientras Beckett idea métodos sofisticados para quitar de en medio a sus rivales, Julia, su amiga de la infancia, calcula con pragmatismo los futuros dividendos. Aquí el lujo carece de cualquier romanticismo idealizado: las inmensas mansiones parecen mausoleos y los lazos familiares se rompen al primer indicio de un testamento.
La película es una versión contemporánea de la icónica comedia negra británica de 1949, "Ocho sentencias de muerte". Este proyecto, liderado por el director John Patton Ford y la productora A24, resulta totalmente tangible y oportuno para el mercado cinematográfico actual.
En definitiva, "El Heredero" recupera para la gran pantalla ese espíritu olvidado del humor negro clásico, donde tras el entretenimiento superficial se esconde una reflexión profunda sobre la codicia. ¿Hasta dónde es capaz de llegar alguien cuando la sociedad lo valora exclusivamente por el saldo de su cuenta bancaria? El filme no ofrece lecciones morales, sino que invita a observar cómo se desmorona la fachada de los privilegios de clase bajo el empuje de una audacia proletaria pura y sin complejos.



