En el estado de Puebla, los arqueólogos han confirmado la existencia de uno de los calendarios solares más antiguos conocidos de Mesoamérica. El complejo de Teteles de Ávila Castillo, datado entre los años 1000 y 600 antes de nuestra era, permitía a los antiguos habitantes seguir con precisión el movimiento del Sol por el horizonte y vincularlo con los ciclos agrícolas.
Investigadores del Instituto Nacional de Antropología e Historia de México (INAH) estudiaron el conjunto arquitectónico conocido como Grupo E o Tetelihtic. La plataforma oriental se extiende casi 90 metros de norte a sur y 40 metros de ancho, mientras que la occidental, de menores dimensiones, servía como punto de observación. La orientación de las construcciones coincide con la posición del Sol en los días de equinoccios y solsticios: precisamente desde aquí, al amanecer, se podía seguir su salida sobre determinados puntos del horizonte.
Tal disposición no es casual. Los antiguos constructores no se limitaban a erigir pirámides y plataformas, sino que las inscribían en el paisaje y en los fenómenos celestes. Complejos similares se conocían hasta ahora principalmente en la zona maya, por ejemplo en Uaxactún, en Guatemala. Ahora se ha confirmado que un sistema análogo existía también fuera de ella, lo que posiblemente indica vínculos culturales tempranos o un desarrollo paralelo de los conocimientos astronómicos entre los antepasados de los huastecos y otros grupos.
Para los habitantes de la región, estas observaciones tenían un valor práctico. La determinación precisa del inicio de la temporada de lluvias o del período seco ayudaba a planificar las siembras de maíz y otras labores de las que dependía la supervivencia de la comunidad. La arquitectura se convertía no solo en un espacio ritual, sino también en una suerte de instrumento donde la piedra y la luz interactuaban como un reloj y un calendario a la vez.
La confirmación de la datación y la función del complejo se apoya en el análisis comparativo de la orientación de las edificaciones, la topografía del terreno y los paralelos con monumentos ya estudiados. Aunque no se conservan testimonios escritos directos de aquel período, la organización espacial del asentamiento habla de observaciones astronómicas sistemáticas transmitidas de generación en generación.
El descubrimiento subraya hasta qué punto las antiguas sociedades mesoamericanas integraban los ciclos celestes en la vida cotidiana y en la arquitectura ceremonial. El conocimiento del movimiento del Sol permitía no solo predecir las cosechas, sino también reforzar la organización social en torno a rituales comunes y a una memoria colectiva del tiempo.
Los antiguos observadores demostraban que, para comprender el mundo, basta con mirar atentamente cómo cae la luz sobre la tierra en el día preciso.
