En la costa del Pacífico del estado mexicano de Colima, las olas y las mareas arrastraron hasta la arena más de noventa objetos creados mucho antes de la llegada de los europeos. Los habitantes de la aldea Playa-Tecuanillo, en el municipio de Tecomán, advirtieron cuencos de cerámica, fragmentos de figurillas femeninas y huesos de animales, tras lo cual se dirigieron al Instituto Nacional de Antropología e Historia.
Los especialistas del centro del INAH en Colima desplegaron de inmediato labores de rescate. Junto con pescadores, autoridades locales y habitantes, reunieron 38 artefactos durante los primeros reconocimientos en junio del año 2026, y otros 66 objetos fueron entregados por los propios vecinos. Entre los hallazgos hay nueve cuencos completos, dieciséis fragmentos de figurillas antropomorfas, cuarenta y siete tiestos y una posible cuenta de collar.
Las estimaciones preliminares datan los materiales en un periodo que va del preclásico medio (1200–400 años antes de nuestra era) al posclásico (900–1521 años de nuestra era). Según los expertos, las piezas pertenecen a las culturas del occidente de México y están vinculadas con las regiones del centro y el centro-norte de Mesoamérica. Posteriormente se encontraron también huesos de perro y un cuenco de paredes finas perteneciente a la fase Armería (500–1100 años de nuestra era).
La causa de la aparición de los artefactos en la superficie es la erosión constante de la franja costera. Las fuertes olas, las mareas y los huracanes desgastan los depósitos de arena que durante siglos ocultaron las huellas de antiguos asentamientos. Hallazgos similares ya se habían registrado en diciembre del año 2025, cuando los pescadores informaron de una superficie erosionada con materiales de las fases Ortices, Comala, Colima y Armería.
Todos los objetos fueron entregados para su custodia al centro del INAH de Colima. Allí continúan las investigaciones, que deben precisar el origen de los hallazgos y aportar nuevos datos sobre la vida de las personas que habitaron la costa de Colima en la época precolombina. Descubrimientos como este muestran cuán frágil es el equilibrio entre los procesos naturales y la conservación del patrimonio cultural.
Cada nuevo fragmento de cerámica o de hueso se convierte en una pieza del mosaico con el que los científicos reconstruyen el cuadro de las antiguas rutas comerciales, los rituales y la vida cotidiana. Al mismo tiempo, la creciente actividad del océano recuerda que muchos monumentos pueden desaparecer antes de que se logre estudiarlos.
La oportuna participación de los habitantes locales y la rápida labor del instituto permiten conservar al menos una parte de estos testimonios para las futuras generaciones.


