No ven la oscuridad en la que viven. No oyen el movimiento del agua ni poseen un cerebro capaz de recordar el pasado. No tienen corazón, ni órganos complejos, ni siquiera tejidos verdaderos; sin embargo, su historia evolutiva abarca más de 600 millones de años y se remonta mucho antes de la aparición de los peces, los árboles y los primeros animales en tierra firme.
Inmóviles y enormes, las esponjas de aguas profundas se alzan sobre el frío fondo de los mares, filtran a través de sí miles de toneladas de agua marina y crean refugios para multitud de otros seres. En sus cavidades los peces y cangrejos jóvenes crían a su descendencia, maduran las huevas y a su alrededor se forman comunidades enteras de vida. No son simples animales: son la arquitectura del ecosistema.
Y solo ahora nueve habitantes de estos bosques submarinos han recibido nombres científicos, convirtiéndose en patrimonio oficial de la biología.
Nueve nuevos habitantes de Alaska
En el otoño de 2026, NOAA Fisheries anunció la descripción de nueve especies de demosponjas nuevas para la ciencia, halladas en el golfo de Alaska y junto a las islas Aleutianas, una región que los investigadores llevan mucho tiempo calificando como una de las más ricas en biodiversidad de todo el océano mundial.
Detrás de este anuncio hay un minucioso trabajo de dos investigaciones independientes publicadas en la revista revisada por pares Zootaxa. El primer artículo —«Four new demosponges from Alaska and the designation of a new genus in Hymedesmiidae»— apareció el 29 de julio de 2026. Sus autores describieron cuatro especies nuevas y un género nuevo, para el que sencillamente no había sitio en la sistemática existente. El segundo trabajo, publicado más tarde ese mismo año, añadió cinco especies más.
La investigación fue dirigida por el taxónomo Helmut Lehnert, del GeoBio-Center de la Universidad Ludwig Maximilian de Múnich (Alemania), quien trabajó en estrecha colaboración con dos especialistas de NOAA: Sean Rooney, del Centro de Ciencias Pesqueras de Alaska, y Meredith Everett, del Centro de Ciencias Pesqueras del Noroeste de NOAA.
Una aclaración importante: las esponjas no se descubrieron durante una sola expedición, ni siquiera la más afortunada. Los investigadores trabajaron durante años con muestras recogidas como captura incidental fortuita durante los muestreos de arrastre de fondo que NOAA realizó a lo largo de muchos años, muestreos que se llevaban a cabo con fines completamente distintos: evaluar las poblaciones de peces y moluscos comerciales. El material para el primer trabajo se fue acumulando desde 1997 hasta 2021, y el del segundo procedió de recolecciones posteriores. Durante décadas las muestras permanecieron en los almacenes, esperando la atención de un especialista que advirtiera lo que otros habían pasado por alto.
Lo nuevo no son las muestras: lo nuevo es su descripción científica. Tras comparar minuciosamente la estructura interna microscópica y analizar las secuencias genéticas, los investigadores establecieron de forma definitiva que se trataba de especies hasta ahora desconocidas para la ciencia.
Aquel para el que se necesitó un género nuevo
Destaca especialmente la esponja roja Polycapus rubrum —cuyo nombre se traduce como «capuchón rojo multicapa».
Resultó ser tan inusual que los científicos no pudieron ubicarla en ninguno de los géneros existentes de la familia Hymedesmiidae. ¿La razón? Una combinación rarísima de elementos microscópicos del esqueleto: su arquitectura prodigiosa contiene dos tipos de unidades estructurales especializadas —acantoxas y quelas— que nunca antes se habían encontrado juntas en otros representantes de esta familia. Simplemente no podían coexistir en un mismo organismo, al menos hasta donde la ciencia sabe.
Hubo que crear un nuevo género: Polycapus. Era necesario.
¿Por qué es importante? Una nueva especie añade una rama al árbol de la vida. Pero un nuevo género es otra cosa. Un nuevo género implica una divergencia más profunda, indica que el organismo es tan distinto que no encaja ni siquiera en los grupos ya conocidos de formas emparentadas. Esto obliga a repensar la propia arquitectura y jerarquía de la biodiversidad, a revisar las relaciones entre organismos que vivieron hace millones de años.
Otro hallazgo — Julavis borealis — se convirtió en toda una revelación biogeográfica. Sus especies cercanas se conocían principalmente en aguas cálidas tropicales, en una parte del mundo completamente distinta, en otras condiciones. El hallazgo junto a las islas Aleutianas amplió enormemente el rango de distribución conocido de este grupo, llevándolo muy al norte, a las aguas frías y oscuras del océano Pacífico. Esto reescribió el mapa de dónde y cómo viven estas criaturas.
En total, los científicos describieron nueve especies:
- Cladocroce cylindrica;
- Julavis borealis;
- Polycapus rubrum;
- Stelletta plana;
- Aaptos mucronatus;
- Homaxinella fruticosa;
- Megaciella aurantia;
- Forcepia atka;
- Desmacella alaskensis.
Tras estos descubrimientos, el número de especies de esponjas de Alaska conocidas por la ciencia alcanzó 232. Pero esto está lejos de ser el final: según las estimaciones de los propios investigadores, cientos de otras especies aún esperan su descubrimiento y descripción en las frías profundidades.
Cómo reconocer a una criatura casi sin rasgos externos
Los peces tienen aletas, forma y coloración. Los moluscos, una concha con patrones e información táctil. Las esponjas, en cambio, son algo completamente distinto. Exteriormente parecen grumos, tubos, copas, ramas o protuberancias informes, y especies no emparentadas a veces se parecen sorprendentemente entre sí, como gemelos monocigóticos de la vida.
Una sola mirada no basta. Incluso un microscopio de bajo aumento engañaría.
La clave para la identificación está escondida muy dentro: en el esqueleto microscópico, compuesto de diminutas estructuras en forma de aguja llamadas espículas. Están formadas por sílice (la misma sustancia con la que se fabrica el vidrio) o carbonato de calcio, y se diferencian por su forma, tamaño y arquitectura tridimensional.
La metodología es sencilla en palabras, pero muy compleja en su ejecución. Los científicos hacen cortes ultrafinos de las muestras, disuelven los tejidos blandos con ácido, aíslan las espículas individuales, les aplican una fina capa de oro (para una mejor visibilidad) y las examinan bajo un microscopio electrónico de barrido con un aumento que permite ver detalles minúsculos: agujas, estrellas, ganchos, anclas, espirales. Para cada tipo de espícula estudian no un solo ejemplar, sino series enteras, las miden, las cuentan y luego comparan la arquitectura obtenida con las descripciones de miles de especies conocidas, catalogadas a lo largo de siglos.
Pero incluso esto a menudo no es suficiente. En el siglo XXI, los investigadores también secuencian (descifran) fragmentos de ADN que sirven como códigos de barras genéticos: identificadores únicos. Esta combinación de morfología clásica y análisis molecular permite distinguir sin error una especie verdaderamente nueva de un organismo cuyo aspecto simplemente cambió bajo la presión del entorno.
Bombas vivientes y arquitectas del fondo marino
En el video, la esponja parece inmóvil, pero en su interior hay un movimiento fantástico.
A través de multitud de diminutos orificios, el agua entra en un complejo sistema de canales, donde se extraen bacterias, microalgas y partículas de materia orgánica. La esponja no es solo un cazador de alimento, es un filtro que limpia el agua. Después, el agua filtrada, enriquecida y purificada es expulsada al exterior.
Esta labor es mucho más que una alimentación personal. La filtración participa en el colosal movimiento de nutrientes a través de toda la columna de agua, en el mantenimiento de la calidad del agua y en los ciclos de los elementos químicos. Las grandes concentraciones de esponjas son capaces de alterar notablemente las condiciones de su entorno: la temperatura, la acidez, el contenido de oxígeno y los nutrientes, influyendo en todo el equilibrio ecosistémico local, como ingenieros jefe de una ciudad submarina.
Pero su papel no se limita a la filtración.
En el fondo marino, relativamente monótono, las esponjas verticales y ramificadas crean una complejidad arquitectónica, como un inmenso bosque que surge de una llanura plana. Entre sus pliegues y cavidades aparecen nichos protegidos donde las crías pueden esconderse de los depredadores, sobrevivir a fuertes corrientes o encontrar alimento que queda suspendido en el agua.
Las gallinetas jóvenes y los crustáceos utilizan ávidamente los campos de esponjas como refugios y guarderías. Los cangrejos reales dorados y rojos encuentran protección entre ellas durante las primeras y vulnerables etapas de su vida y justo después de la muda, cuando el caparazón es blando. Algunas especies de escorpiones de mar (cótidos) depositan sus huevos directamente en las cavidades de las esponjas grandes: el flujo constante de agua suministra oxígeno a la puesta, y las sustancias bioquímicas producidas por la propia esponja pueden inhibir el desarrollo de microorganismos y hongos peligrosos.
Por esta razón, la NOAA clasifica las densas comunidades de esponjas de aguas profundas como hábitats críticos para los peces: Essential Fish Habitat. No son secundarios, son indispensables.
No estamos ante organismos solitarios esparcidos por el fondo como objetos aleatorios. Es una infraestructura viva sobre la que se sostiene todo un mundo.
ADN dejado en el agua
Los autores de las investigaciones no solo describieron la estructura y la arquitectura interna de las esponjas, sino que también compartieron generosamente sus hallazgos: añadieron nuevas secuencias genéticas a bases de datos internacionales abiertas, accesibles para cualquier investigador del mundo.
Esto es crítico para uno de los métodos más prometedores de estudio del océano: el análisis de ADN ambiental (eDNA). Los organismos vivos dejan constantemente en el agua rastros microscópicos de su existencia: células moribundas, mucosidad, fragmentos de tejido, moléculas de material genético. Es el autógrafo molecular de la vida.
Al analizar una muestra de agua de mar, incluso de baja calidad, los científicos pueden determinar la presencia de especies sin verlas ni capturarlas vivas. Esto abre posibilidades increíbles: monitorización sin daño, observación sin perturbación. Pero para ello, la secuencia genética detectada debe compararse con un patrón. Si el patrón no está en la base de datos, el organismo permanecerá sin identificar y su señal se perderá en el ruido de lo desconocido.
Por eso, la descripción de una nueva especie y la creación de su código de barras de ADN complementan el creciente diccionario de la vida oceánica. En un futuro próximo, esto permitirá encontrar esponjas a través de sus rastros en el agua y llevar a cabo el seguimiento de la biodiversidad sin destruir las frágiles comunidades del fondo.
Una memoria que no necesita cerebro
Al hablar de la memoria del océano, utilizamos una metáfora, una imagen, un recurso poético. Las esponjas no recuerdan el pasado en el sentido de la conciencia, el pensamiento o los recuerdos humanos.
Pero sus cuerpos encarnan realmente los resultados de una inmensa y profundísima historia evolutiva.
Cada espícula, cada canal, cada compuesto químico lleva la huella de incontables generaciones que encontraron formas de sobrevivir en el frío, en la oscuridad total, bajo la enorme presión del agua a un kilómetro de profundidad. Esta memoria no está escrita en neuronas y sinapsis, sino en la forma, en el código genético, en la estructura, en la química, en la simbiosis con microorganismos.
La esponja no existe en el vacío. El flujo de agua le trae alimento e información. Su cuerpo se convierte en hogar y refugio para otros animales. Los microorganismos participan en su metabolismo y la ayudan a vivir. Los peces y los cangrejos nacen y crecen en los jardines de esponjas, volviéndose más fuertes. Todo esto es un sistema, no un conjunto de hechos aleatorios.
Así, el océano nos revela de nuevo su principio fundamental: la resiliencia no surge del aislamiento y la autosuficiencia, sino de la interacción, de las conexiones, de lo que los ecólogos llaman conectividad.
¿Qué nos ha recordado hoy el océano?
Nueve especies recibieron nombre solo en otoño del año 2026, aunque algunos especímenes llevaban décadas en los almacenes, esperando la mirada atenta de un especialista. Todo ese tiempo ya formaban parte del océano vivo: independientemente del reconocimiento de los humanos, independientemente de si sabíamos de su existencia.
La vida no comienza en el momento de nuestro descubrimiento. En ese momento solo se amplía nuestra visión de ella, nuestro mapa de lo desconocido se vuelve un milímetro más completo.
Y, quizá, la verdadera escala se revela precisamente así: advertimos a quien permaneció invisible y comprendemos que incluso el ser más silencioso, más inmóvil, más antiguo ocupa en el sistema integral de la vida su único, insustituible y precioso lugar.



