Arquitectura del retorno: le crearon al océano un espacio para nuevos jardines

Autor: Inna Horoshkina One

Underwater survey by Dr Simone D'Alessandro and Prof J Murray Roberts

A unos mil metros de profundidad no hay luz solar. El agua es fría, la presión es enorme y la corriente transporta sobre el fondo partículas de materia orgánica que descienden desde las capas superiores del océano.

Es precisamente aquí donde crecen los corales de aguas frías.

A diferencia de sus parientes tropicales, no necesitan luz y no forman vistosos jardines de aguas someras. Sus ramificadas colonias crean lentamente —a veces solo unos pocos milímetros al año— una compleja arquitectura entre la cual encuentran refugio peces, cangrejos, esponjas y multitud de otros organismos.

Pero si un arrecife así ha sido destruido por el arrastre de fondo, puede que una sola prohibición de seguir interviniendo no baste. Su recuperación natural puede tardar décadas o incluso siglos.

Un equipo internacional de científicos decidió comprobar si es posible devolverle al océano el sostén perdido sin intentar controlar la vida misma.

En agosto de 2026, los investigadores depositaron en el fondo del océano Atlántico 23 estructuras impresas en 3D. Ahora el océano deberá decidir por sí mismo si se convertirán en el comienzo de nuevos jardines de aguas profundas.

Soportes para el retorno de los corales

Sobre los resultados de la expedición informó la Universidad de Galway 20 de septiembre de 2026.

Los trabajos se llevaron a cabo en dos zonas: en la vertiente suroccidental del banco Porcupine, a unos 200 kilómetros de la costa occidental de Irlanda, y en el cañón de Guilvinec, en el golfo de Vizcaya, frente a Francia.

Los arrecifes artificiales se instalaron a profundidades de entre 900 y 1100 metros durante una expedición a bordo del buque de investigación L’Atalante de la flota oceanográfica francesa.

El proyecto reunió a especialistas de la Universidad de Galway, del instituto francés Ifremer y de la Sorbona. El experimento forma parte del programa trienal REDECOR y del proyecto europeo de mayor alcance REDRESS — Restoration of Deep-Sea Habitats to Rebuild European Seas, dedicado a la restauración de ecosistemas de aguas profundas dañados.

En el proyecto REDRESS participan 27 organizaciones de 15 países. Módulos similares ya se investigan en distintas zonas del Atlántico y del mar Mediterráneo para entender si esta tecnología puede aplicarse en diversas condiciones de aguas profundas.

La casa que terminará de construir el océano

Cada arrecife artificial es una construcción de unos 80 centímetros de altura y aproximadamente un metro de diámetro. Pesa alrededor de 600 kilogramos.

Los módulos están fabricados mediante impresión 3D con hormigón bajo en carbono y con adición de material volcánico. Su superficie se ha hecho deliberadamente heterogénea: contiene túneles, salientes, huecos y voladizos.

Esta complejidad no es necesaria por su belleza exterior. En un arrecife natural, cada grieta y cada irregularidad crea un microespacio propio: refugio frente a la corriente o los depredadores, lugar donde fijarse para una larva, apoyo para una esponja, un coral u otro organismo inmóvil.

Los investigadores no unieron las construcciones formando un muro continuo. Las colocaron por separado en una parcela de alrededor de medio hectárea. Ahora los científicos podrán observar cómo interactuará cada una de estas pequeñas bases con el entorno.

Algunos módulos se dotaron de conchas de ostra, placas y baldosas cerámicas para que las larvas de coral pudieran asentarse en ellos de forma natural. En otros se fijaron pequeños fragmentos de corales de aguas frías vivos, tomados de aproximadamente 950 metros de profundidad.

Así surgieron varias variantes de un mismo experimento: en algunos lugares la vida debe llegar por sí sola, y en otros los primeros participantes vivos ya han ocupado su sitio.

Un experimento, no una salvación ya lista

Es importante no sacar conclusiones precipitadas: las construcciones instaladas todavía no son arrecifes plenos.

Los científicos deberán regresar a las parcelas durante varios años, fotografiarlas, grabar vídeos y crear mapas tridimensionales. Los investigadores observarán:

  • qué organismos se instalarán primero en las nuevas superficies;
  • si los fragmentos de coral podrán sobrevivir y seguir creciendo;
  • si las larvas naturales se fijarán en las conchas y la cerámica;
  • si aparecerán peces, cangrejos y otros habitantes junto a las construcciones;
  • si alrededor de los módulos se formará no solo una acumulación de organismos, sino un ecosistema en funcionamiento.

En el golfo de Vizcaya, el equipo también examinó las construcciones instaladas durante la expedición de 2025. Las primeras observaciones se han calificado de alentadoras, pero por ahora no bastan para hablar de una recuperación a largo plazo.

El experimento debe mostrar no solo si la vida es capaz de colonizar una base artificial, sino también si la comunidad surgida puede volverse sostenible y desempeñar las funciones de un arrecife natural.

Creación conjunta en las profundidades

En esta historia es especialmente importante la distinción entre crear y controlar.

El ser humano puede calcular la forma, imprimir la construcción, fijar un fragmento de coral y descender con cuidado el módulo hasta las profundidades. Pero no puede decidir quién se instalará aquí primero, cómo se distribuirán los organismos ni qué relaciones surgirán entre ellos.

La continuación la crea el propio océano.

La corriente trae larvas y partículas de alimento. Los corales eligen la superficie donde crecer. Los animales pequeños ocupan los refugios. Los peces incorporan el nuevo espacio a sus rutas. Cada forma de vida despliega sus propias cualidades y, al mismo tiempo, se convierte en parte de una interacción mayor.

Por eso el arrecife impreso aún no es un jardín. Es solo una invitación a que la vida manifieste su fuerza creadora.

¿De qué nos hizo recordar el océano?

No todo lo destruido puede restaurarse simplemente reproduciendo su forma exterior. La integridad no nace de la construcción en sí, sino de los vínculos que surgen dentro de ella.

El ser humano, en esta historia, no sustituye al océano ni completa el proceso en su lugar. Se convierte en uno de los participantes: crea la base y deja espacio para una continuación libre.

El coral aporta su forma. La corriente, el movimiento. El pez, su presencia. El microorganismo, un trabajo invisible. Cada uno entra en el sistema común con su experiencia única, y precisamente en la interacción de las distintas formas va naciendo poco a poco un nuevo conjunto vivo.

Dentro de unos años, los científicos verán si los cilindros de hormigón se han convertido en arrecifes de verdad. Pero ya ahora este experimento muestra un principio importante:

a veces la restauración comienza con un espacio creado con cuidado, en el que la vida puede volver a encontrarse consigo misma — y continuar su infinita Creación.

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