Moverse sin romper el silencio: el secreto del rey de los arenques

Autor: Inna Horoshkina One

El pez remo se mueve casi sin moverse: cientos de radios de su aleta unen impulsos individuales en una sola ola.

Puede alcanzar los ocho metros de longitud y, aun así, seguir siendo una cinta plateada casi ingrávida en la inmensidad del agua.

El rey de los arenques no surca el océano con potentes golpes de cola ni arquea todo el cuerpo como una anguila. En su lugar, una onda apenas perceptible recorre su lomo. Cientos de finos radios se levantan, giran y se transmiten el movimiento unos a otros, y la enorme criatura se desliza silenciosa hacia delante, retrocede o se queda inmóvil en posición vertical.

El océano parece mostrarnos un movimiento en el que no hay lucha.

Cada parte conserva su libertad, pero, al entrar en consonancia con las demás, se convierte en una sola ola.

Un pez parecido a una cinta plateada

Los reyes de los arenques, o peces remo, pertenecen a la familia Regalecidae. Son unos de los habitantes más enigmáticos del océano abierto: rara vez llegan vivos a manos del ser humano y sus largos y frágiles cuerpos suelen desintegrarse en partes tras la muerte. Por eso no es frecuente encontrar ejemplares completos aptos para un estudio detallado.

Los representantes más grandes pueden alcanzar unos ocho metros, gracias a lo cual el rey de los arenques gigante está considerado el pez óseo más largo de cuantos viven hoy.

A pesar de sus imponentes dimensiones, se alimenta principalmente de pequeños crustáceos y otros organismos diminutos. Durante la alimentación, el pez es capaz de mantener una posición casi vertical, con la cabeza hacia arriba, como una columna plateada suspendida en el agua.

Para gobernar un cuerpo tan largo le ayuda la aleta que recorre casi toda su espalda.

Precisamente en su estructura los científicos descubrieron un mecanismo que hasta ahora no se había descrito en detalle.

Cientos de pequeños movimientos: una sola ola

30 de septiembre de 2026 en la revista con revisión por pares Ichthyology & Herpetology se publicó un estudio Dorsal-Fin Musculoskeletal System of Oarfishes (Regalecidae): Fin Rays as Rotating Elements in an Undulatory System.

El primer autor del trabajo fue Gabriel Afonso (Gabriel Afonso), investigador del Virginia Institute of Marine Science. En el equipo internacional también participaron ictiólogos, ingenieros y especialistas de la Universidad de Cornell, el Instituto Smithsoniano, NOAA Fisheries y otras organizaciones científicas.

Para estudiar la aleta, los investigadores combinaron varios métodos:

  • disección anatómica;
  • análisis histológico de los tejidos;
  • radiografías;
  • tomografía computarizada;
  • el estudio de grabaciones de vídeo de peces remo vivos.

Se descubrió que cada radio de la aleta dorsal está conectado a un cartílago, músculos y una articulación que recuerda a una bisagra. Gracias a ello, no solo puede inclinarse hacia delante o hacia atrás, sino realizar un giro casi circular, como un joystick en miniatura.

Los radios son cientos, y cada uno posee cierta autonomía. Sin embargo, durante el movimiento no actúan de forma caótica. Sus rotaciones se coordinan y se transmiten a lo largo de la fina membrana de la aleta, creando una onda viajera.

Así, multitud de pequeños movimientos se transforman en un único flujo.

Nadar hacia delante y hacia atrás casi sin mover el cuerpo

La mayoría de los peces alargados se desplaza mediante ondulaciones de todo el cuerpo. El rey de los arenques es capaz de utilizar también ese método, pero su principal ventaja es la larga aleta dorsal.

El pez puede dirigir la onda de la aleta hacia un lado y avanzar, luego cambiar su dirección y retroceder. Es más, distintas zonas de la aleta pueden crear simultáneamente ondas que van en direcciones opuestas.

Esto le da al animal un control extraordinariamente fino sobre su posición en el espacio.

Su enorme cuerpo, entretanto, casi no se balancea. El pez mantiene la posición vertical, se acerca lentamente a su presa o queda suspendido en la columna de agua sin realizar movimientos bruscos.

Los científicos llaman a este modo de desplazamiento ribbon-fin swimming —natación con aleta en forma de cinta. Este sistema surgió de forma independiente en los peces óseos unas diez veces. Sin embargo, los investigadores aún deben averiguar si otras especies utilizan radios giratorios igual de móviles.

Cuando el océano se convierte en maestro de ingenieros

La insólita aleta del rey de los arenques interesó a Rob Shepherd (Rob Shepherd), profesor de ingeniería mecánica y aeroespacial de la Universidad de Cornell.

Reflexionaba sobre la creación de un gran robot submarino capaz de desplazarse con la suficiente quietud como para no espantar a los peces ni a otros animales marinos. Un aparato así podría potencialmente llevar instrumentos para observar el estado del océano, moverse hacia delante y hacia atrás y acercarse a los seres vivos sin irrumpir en su espacio con el ruido de un motor.

Sin embargo, para reproducir la solución natural primero era necesario comprender su estructura. Así, la tarea de ingeniería condujo a una colaboración con el ictiólogo Willy Bemis (Willy Bemis) y a la primera descripción detallada de la mecánica de la aleta de los peces remo.

Es importante precisar: el estudio no informa sobre la creación de un robot terminado con forma de rey de los arenques. Por ahora estamos ante un descubrimiento anatómico y una idea biomimética: la posibilidad de trasladar a la futura técnica un principio hallado por la naturaleza.

Pero la dirección misma cambia la lógica habitual del diseño. En lugar de obligar a la máquina a vencer la resistencia del agua con más potencia, se le puede enseñar a distribuir el movimiento: de forma suave, silenciosa y coordinada.

No vencer al agua

Estamos acostumbrados a asociar la fuerza con un gran esfuerzo: para moverse más rápido hay que empujar con más fuerza, acelerar, vencer la resistencia.

El rey de los arenques propone otra geometría del movimiento.

Ningún radio aislado de su aleta es capaz de desplazar un cuerpo de ocho metros. Pero cientos de radios, unidos por la membrana y actuando de forma coordinada, generan una onda que transporta al pez entero.

El agua aquí no se convierte en adversaria. Recibe el impulso y lo continúa.

Esto no significa la ausencia total de resistencia física: las leyes de la hidrodinámica no desaparecen. Sin embargo, la forma del cuerpo y el trabajo de la aleta permiten al animal interactuar con el medio acuático de manera extraordinariamente sutil, sin gastar movimiento en fuertes oscilaciones laterales de todo el cuerpo.

En esto consiste precisamente la perfección de la solución hallada: no anular las propiedades del entorno, sino desplegar las propias posibilidades dentro de él.

¿De qué nos ha hecho recordar el océano?

El rey de los arenques no vence al agua: crea el movimiento junto con ella. Cada radio de su aleta conserva su autonomía, pero, al entrar en consonancia con los demás, se convierte en parte de una única onda.

Por la ley de la semejanza, ese mismo principio se reconoce también en el ser humano. Cada uno de nosotros es un radio único de la Creación, con su propia frecuencia, dirección y don. La unidad no exige que nos volvamos iguales ni que renunciemos a nuestra propia naturaleza. Al contrario, el conjunto adquiere fuerza precisamente gracias a la singularidad de cada una de sus partes.

Cuando cada uno ocupa su lugar y manifiesta libremente las cualidades que lleva dentro, los impulsos individuales se unen. Surge un movimiento común, capaz de manifestar lo que nadie podría haber creado en solitario.

El océano no se vence a sí mismo: se mueve con cada una de sus formas.

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