Cuando Eben Upton creó Raspberry Pi, su objetivo no era construir otro imperio tecnológico. Quería devolver a los niños el interés por la programación y hacer un ordenador tan asequible que se pudiera experimentar con él libremente, sin miedo a romper algo.
Así nació una pequeña placa de aproximadamente el tamaño de una tarjeta bancaria. Sin una carcasa bonita, una pantalla enorme ni un teclado convencional, pero con la posibilidad de transformarse en prácticamente cualquier cosa.
Hoy ya se han vendido más de 75 millones de Raspberry Pi. Estos miniordenadores no solo los usan escolares y aficionados a la electrónica. Controlan robots, vigilan el estado de los cultivos, funcionan en equipos médicos, sistemas de seguridad, pequeñas producciones e incluso ayudan a ejecutar inteligencia artificial directamente en los dispositivos, sin una conexión constante a grandes centros en la nube.
Un lugar especial en la historia de Raspberry Pi ocupa la educación. La fundación benéfica vinculada a la empresa invirtió alrededor de £112 millones en programas educativos. Estos ya han alcanzado a aproximadamente 2,3 millones de alumnos, y cerca de 250 mil profesores de todo el mundo han recibido formación.
La idea principal de Upton sigue siendo la misma: la tecnología debe ser comprensible, accesible y abierta a los experimentos. Un niño puede conectar sensores a una pequeña placa y montar una estación meteorológica. Un agricultor, crear un sistema de observación de las plantas. Un médico, utilizarla en un dispositivo de diagnóstico económico. Un ingeniero, controlar toda una línea de producción.
Raspberry Pi ha resultado ser un ejemplo poco común de tecnología que al mismo tiempo echó raíces en el aula escolar, el taller doméstico y la industria seria. El pequeño ordenador no intentaba sustituir a las grandes máquinas: simplemente llegó allí donde estas eran demasiado caras, complejas o incómodas.
Al mismo tiempo, Eben Upton se toma con bastante calma las conversaciones sobre el futuro de la inteligencia artificial. Le preocupa mucho menos una superinteligencia fantástica que algún día decida apoderarse de la humanidad. Considera una amenaza más real a las personas capaces de usar la IA para la manipulación política, el control y la difusión de información falsa.
Y en esto también se percibe la filosofía de Raspberry Pi: lo importante no es cuán potente llega a ser la tecnología, sino en manos de quién cae y para qué se utiliza.
La historia de Raspberry Pi demuestra que para una gran revolución tecnológica no siempre se necesita un ordenador enorme. A veces basta con una pequeña placa, un precio asequible y la idea de dar a millones de personas la posibilidad de crear algo propio.


