Una nueva y ambiciosa investigación desmantela el mito persistente de que consolar a un ser querido afligido es un deseo instintivo de todas las personas, independientemente de su cultura. Resulta que las formas de apoyo emocional están profundamente ligadas a los valores culturales de una sociedad. En países con orientación individualista, el sentido de la ayuda radica en deshacerse rápidamente del dolor y los sentimientos negativos.
En las sociedades colectivistas, todo es diferente: la tristeza y el sufrimiento se perciben como una fuente natural de crecimiento personal y reflexión, y el intento de "cambiar" rápidamente a una persona puede interpretarse como una incomprensión de la profundidad de sus experiencias.
La investigación, publicada en 2026 en la revista «Proceedings of the National Academy of Sciences» (PNAS), fue llevada a cabo por la Dra. Maya Tamir y la estudiante de doctorado Shir Ginosar Yaari, de la Universidad Hebrea de Jerusalén.
El proyecto abarcó a más de 6900 personas de 17 países de diferentes continentes, incluyendo amplias encuestas y registros de diarios de parejas en Alemania y Corea del Sur. Los científicos estudiaron cómo las personas intentan regular las emociones de otras personas, un fenómeno al que históricamente se le ha prestado mucha menos atención en psicología que a la autorregulación.
Los resultados fueron sorprendentes: la cultura influye en la regulación de las emociones de los demás mucho más de lo que influye en el manejo de los propios sentimientos. Casi todas las personas quieren mejorar su estado de ánimo cuando se sienten mal. Pero la reacción ante la tristeza o la ira ajena varía drásticamente según la matriz cultural en la que se ha criado una persona.
En las culturas individualistas —EE. UU., Alemania, Reino Unido y similares—, el cuidado de una persona afligida se manifiesta con mayor frecuencia en acciones activas: escuchar atentamente, expresar simpatía, ofrecer formas de sentirse mejor. Aquí, las emociones negativas se perciben como un obstáculo, una interrupción del curso normal de la vida, que debe eliminarse de inmediato para que la persona vuelva a la productividad y al bienestar personal.
En las sociedades colectivistas —Corea del Sur, Japón, India, China—, la lógica es completamente diferente. La tristeza y el sufrimiento se consideran no como problemas, sino como partes significativas de la experiencia humana que contribuyen al autoconocimiento, al fortalecimiento de los lazos sociales y al desarrollo interno. Un intento de "cambiar" a una persona de un estado de duelo puede ser interpretado aquí no como amabilidad, sino como falta de perspicacia, como una ignorancia de un proceso humano importante.
Esta diferencia se manifiesta especialmente en la vida cotidiana de las parejas. Los compañeros alemanes están más motivados a reducir el sufrimiento de su pareja, y esta motivación está directamente relacionada con la profundidad de la intimidad emocional. En Corea del Sur, la situación es diferente: incluso en relaciones sólidas, los compañeros no siempre se apresuran a liberar al otro del dolor; este enfoque se considera más respetuoso, permitiendo que cada uno transite su propio camino de experiencia. Son precisamente estas diferencias las que explican por qué la misma palabra de apoyo o gesto puede ser escuchado de manera completamente diferente en distintas culturas: en un lugar como una muestra de amor, en otro como una invasión del proceso personal.
Los autores del estudio enfatizan una conclusión de importancia crítica: el popular principio de "si alguien se siente mal, hay que ayudarle a sentirse mejor" no es una propiedad universal de la naturaleza humana, sino un reflejo de creencias culturales específicas. En nuestro mundo cada vez más globalizado, donde las familias están separadas por continentes, los equipos de trabajo reúnen a personas de diferentes países y la psicoterapia trasciende fronteras, la incomprensión de estos matices culturales puede ser una fuente de conflicto y alienación genuinos.
Los investigadores proponen una simple pero sabia revisión del enfoque: en lugar de preguntar "¿Cómo puedo consolarte?", preguntar "¿Qué es importante para ti ahora? ¿Qué esperas de mí?" — y aprender a ver que a veces la mejor manifestación de compasión es darle a una persona la oportunidad de permanecer en su estado, con su dolor, exactamente el tiempo que necesite.



