En una sala de conferencias de Houston, el 18 de septiembre de 2026, la representante de la Comisión Espacial Saudí Mashal al-Shammari anunció la fecha exacta del lanzamiento de la misión AX-2: mayo del año siguiente. Junto a ella estaban el director de Axiom Space, Michael Suffredini, y representantes de la NASA y SpaceX. En la pantalla aparecían los nombres de Rayana Barnawi, la primera mujer saudí en el espacio, y Ali al-Qarni.
Para el príncipe heredero Mohamed bin Salmán no se trata de un simple vuelo espacial. Es un paso más en una estrategia a largo plazo en la que el espacio sirve como prueba de que Arabia Saudí es capaz no solo de extraer petróleo, sino también de producir ciencia de nivel mundial. Durante la última década ha puesto en marcha de forma consecutiva proyectos ambiciosos —desde NEOM hasta Vision 2030—, en los que cada éxito público debe demostrar una ruptura con la vieja imagen del reino.
Rayana Barnawi y Ali al-Qarni superaron una selección rigurosa y meses de preparación en los centros de la NASA, la JAXA y SpaceX. Llevarán a cabo 14 experimentos en ingravidez, incluidas sesiones educativas para 12 mil escolares saudíes. No es una elección casual: ambos tienen formación en ingeniería y ciencia, lo que permite al reino proclamar de inmediato la utilidad práctica de la misión.
En público, MBS subraya el componente científico y educativo. En la práctica, la misión cumple varias tareas a la vez: atrae a los jóvenes hacia las STEM, refuerza las alianzas internacionales con Estados Unidos y las empresas privadas, y además crea la imagen de un país moderno y abierto. Esto corresponde plenamente a su estilo: grandes proyectos visibles que resuelven simultáneamente objetivos internos y externos.
Las limitaciones son evidentes: Arabia Saudí aún no cuenta con infraestructura espacial propia, por lo que tiene que depender de sus socios estadounidenses. En cambio, la voluntad política y la financiación permiten sortear muchas barreras burocráticas que frenan programas similares en otros países.
Cuando en el año 2023 Barnawi y al-Qarni volaron de verdad, aquello no fue solo un momento histórico, sino la confirmación de que la élite saudí está dispuesta a gastar recursos en símbolos de progreso a largo plazo. En el año 2026, al anunciar una nueva fecha, el reino no hace más que repetir un recurso ya probado: el espacio como espejo en el que se ve cuánto ha avanzado la transformación del país.
Del mismo modo que en su momento Dubái convirtió los rascacielos en prueba de su nueva identidad, Riad utiliza la órbita para mostrar que el futuro del reino ya no está solo bajo tierra.


