En la columna de agua aparece un pequeño pez con un domo transparente en la cabeza. Dentro se ven dos estructuras verdes: sus ojos. Están orientados hacia arriba, hacia donde todavía llega una luz tenue. Ante nosotros está la macropinna, un recordatorio vivo de cuántas formas de ver existen en un mismo planeta.
28 de octubre de 2026 El Instituto de Investigación del Acuario de Monterey Bay — MBARI — presentó una nueva grabación de Macropinna microstoma. El pez fue encontrado aproximadamente a 600 metros de profundidad, durante la expedición de octubre del buque de investigación David Packard.
Para el instituto, esta fue tan solo la undécima observación de la macropinna en casi cuarenta años de investigación y la primera vez que se pudo filmar en formato 4K. El encuentro anterior de MBARI con esta especie ocurrió en 2021.
Un encuentro por el que se detuvo el ascenso
El vehículo submarino Doc Ricketts ya regresaba a la superficie tras una jornada de trabajo. La mayor parte del equipo científico había pasado al laboratorio, preparándose para analizar las muestras recogidas.
Fue entonces cuando la especialista Shannon Johnson notó a la macropinna y pidió detener el aparato.
Pronto se reunieron ante las pantallas los investigadores y los miembros de la tripulación. El encuentro fortuito permitió observar durante unos veinte minutos a la rara visitante, examinar sus movimientos y el escudo transparente de su cabeza. El equipo cambiaba la iluminación, y el piloto Cameron Lo pudo acercar el aparato lo suficiente para filmar en estéreo con la cámara VR. No se capturó al pez: permaneció en su entorno.
¿Dónde tiene los ojos?
La primera mirada a la macropinna engaña con facilidad. Los verdaderos ojos se encuentran dentro del domo transparente: son grandes estructuras tubulares de un llamativo color verde.
Esta configuración está ligada a la vida en la zona crepuscular del océano. Aquí la luz solar ya es muy débil, y una silueta apenas perceptible sobre la cabeza puede ser una pista importante.
La macropinna es capaz de mantenerse en el agua casi inmóvil gracias a sus grandes aletas. Sus ojos apuntan hacia arriba, lo que le permite escudriñar el espacio que tiene por encima. Al pasar a la captura de alimento, giran bajo el escudo transparente y mantienen el objeto en su campo de visión. Estas particularidades de su comportamiento se comprendieron mejor gracias a observaciones anteriores de los investigadores de MBARI.
El resultado es un sistema asombrosamente preciso: la posición estable del cuerpo, los ojos móviles y el tejido transparente funcionan de forma coordinada.
La transparencia como protección
El domo de la cabeza es tejido vivo, no vidrio sólido. Rodea el delicado aparato visual.
Según explica MBARI, este escudo también protege los ojos cuando la macropinna toma pequeños crustáceos que han quedado en los tentáculos captores de las sifonóforas, parientes coloniales de las medusas. Por eso la transparencia tiene aquí un sentido muy práctico: permite ver y a la vez crea una barrera protectora.
En un solo pez pequeño se reúnen rasgos que difícilmente se podrían imaginar tomando como base únicamente el mundo terrestre al que estamos acostumbrados.
Ver la belleza con otra mirada
La macropinna vive en condiciones en las que nuestros ojos perderían pronto toda referencia. Para ella, esta profundidad está llena de diferencias: luz, siluetas, movimiento, la posibilidad de encontrar alimento.
El océano nos propone ampliar nuestra propia mirada. El mundo se vuelve más rico cuando descubrimos cuán distintas son las formas en que lo perciben otras formas de vida.
Cada una tiene su propia manera de estar presente en el espacio común. Comprender estas diferencias nos permite sentir con mayor atención nuestra conexión con el planeta vivo.
La belleza ya está aquí: en el domo transparente, en el movimiento suave de las aletas, en los ojos verdes vueltos hacia la luz. Nuestra atención hace posible el encuentro con ella. Y con ese encuentro, en el mundo conocido hay más milagro visible.



