Miles de grandes depredadores vuelven a habitar los ríos del estado malasio de Sarawak, en Borneo. Según censos recientes, la población de cocodrilos marinos (Crocodylus porosus) ha superado los 25.000 ejemplares, casi el doble que hace una década. Aún en la década de 1980, estuvieron al borde de la extinción debido a la caza descontrolada y el comercio de pieles.
Esta recuperación fue posible gracias a varios factores. Las comunidades indígenas locales tradicionalmente evitaban cazar cocodrilos debido a tabúes, y en 1990 entró en vigor una ley de protección de la vida silvestre.
Los servicios estatales implementaron monitoreos regulares, y la población comenzó a crecer. Actualmente, los cocodrilos ocupan más de 4500 kilómetros de sistemas fluviales en cuarenta grandes cuencas del estado.
Sin embargo, el éxito de la conservación ha generado nuevos desafíos. Con el aumento de la población, se han incrementado los encuentros entre personas y reptiles.
Las autoridades ya emiten licencias para la caza controlada en zonas peligrosas y han lanzado una aplicación móvil para reportar avistamientos de forma rápida. A pesar de esto, el número de ataques mortales, según la corporación forestal, incluso ha disminuido en comparación con la situación de hace veinte años.
La situación en Sarawak ilustra la paradoja clásica de una conservación exitosa: cuando una especie se recupera, los humanos deben aprender nuevamente a compartir el espacio con ella. Los ecosistemas fluviales recuperan su complejidad anterior, pero el equilibrio exige atención constante y medidas de gestión flexibles.
La experiencia del estado demuestra que la protección de los depredadores funciona cuando se combina con el respeto a las tradiciones locales y el uso de herramientas modernas de monitoreo. Lo fundamental es evitar volver a los viejos errores de la sobreexplotación.
