«Estar en la misma onda» no significa ser iguales: un estudio sobre la sincronización neuronal entre distintas generaciones

Autor: Irina Davgaleva

«Estar en la misma onda» no significa ser iguales: un estudio sobre la sincronización neuronal entre distintas generaciones-1

La sincronización neuronal interpersonal puede intensificarse durante una tarea compartida y luego cambiar. Esto se manifiesta de forma especialmente interesante en una pareja intergeneracional. En el propio proceso creativo puede representarse así: un participante marca la dirección y el otro la desarrolla; uno mantiene su propia línea mientras el otro reacciona a los cambios del dibujo común. La iniciativa puede pasar de uno a otro, y el modo de interacción puede reconfigurarse. Por eso, el indicador promedio de sincronización puede ocultar lo esencial: cómo cambia la propia arquitectura de la interacción a lo largo del tiempo.

Un nuevo estudio de ETH Zurich lo muestra con especial claridad en el ejemplo del dibujo conjunto entre personas de distintas generaciones. Durante el trabajo compartido, su actividad neuronal se volvía efectivamente más coordinada que al dibujar individualmente; sin embargo, a lo largo de seis encuentros las trayectorias se separaron: en los participantes jóvenes que trabajaban con personas de su edad, la sincronización aumentaba, mientras que en las parejas de edades diferentes disminuía. Al mismo tiempo, la sensación subjetiva de cercanía social aumentó en ambos grupos, lo que muestra que el incremento de la cercanía y el cambio de la sincronización neuronal pueden ocurrir simultáneamente.

Se produce así una paradoja que hace el estudio mucho más interesante que la simple historia de que dos personas poco a poco «se sintonizan». Si la cercanía crece, ¿por qué la sincronización neuronal no tiene por qué crecer junto con ella? ¿Y puede la creatividad compartida crear una unidad del proceso precisamente sin una coincidencia constante de dos sistemas nerviosos?

El dibujo conjunto como laboratorio de interacción

El estudio del Social Brain Sciences Lab de ETH Zurich se publicó el 20 de agosto de 2026 en PLOS Biology. En él participaron 122 personas, agrupadas en 61 parejas: 30 parejas de adultos jóvenes de una misma generación y 31 parejas intergeneracionales, en las que un participante joven (18–35 años) trabajaba con un participante mayor (69+ años). Todos comenzaron como desconocidos y se reunieron seis veces a lo largo de seis semanas.

En cada encuentro, los participantes primero dibujaban por su cuenta y luego creaban juntos un dibujo con pastel al óleo. No se les asignó un tema ni se les explicó cómo debía ser el resultado; durante el dibujo no hablaban. La actividad cortical se registró simultáneamente en ambos participantes mediante fNIRS, un método que permite observar la dinámica de los procesos neuronales durante un movimiento relativamente libre.

El primer resultado fue inequívoco: el dibujo conjunto se acompañaba de una mayor sincronización neuronal interpersonal que el individual. El mero hecho de una tarea creativa compartida cambiaba efectivamente la manera de coordinar la actividad entre los participantes.

Pero lo más interesante no comenzó en el momento de comparar «juntos» y «por separado», sino cuando los investigadores observaron cómo cambiaba esa coordinación de un encuentro a otro.

En las distintas generaciones, la sincronización fue en direcciones opuestas

En las parejas de jóvenes de una misma generación, la sincronización interpersonal aumentaba con el tiempo. En los participantes de edades diferentes se observó la trayectoria inversa: los indicadores eran más altos en los primeros encuentros y luego disminuían. Al mismo tiempo, la sensación subjetiva de cercanía social aumentaba en ambos grupos.

Esto cambia radicalmente la propia pregunta.

Si la sincronización neuronal fuera un reflejo directo de la cercanía, sería lógico esperar un crecimiento progresivo junto con la relación. Pero los datos no lo muestran. Es más, los autores subrayan la naturaleza multicomponente de la sincronización interpersonal: sus distintos patrones se relacionan con distintos aspectos del vínculo social, y su dinámica puede variar según la generación y la situación.

Por eso, la disminución del indicador en las parejas intergeneracionales no significa que los participantes se volvieran menos coordinados. Más bien refleja un cambio en el carácter de la sincronización: ciertas coincidencias temporales de la actividad neuronal se volvían menos pronunciadas.

Y esto deja espacio para un cuadro mucho más interesante: el proceso común puede continuar y volverse más coordinado, incluso si dos sistemas nerviosos no muestran una sincronía directa cada vez mayor.

La arquitectura cambiante de la interacción

Precisamente esta cuestión la siguieron estudiando los investigadores en un trabajo aparte, publicado en septiembre de 2026 en Acta Psychologica - Luca A. Naudszus, Ryssa Moffat, Emily S. Cross. En lugar de un único indicador promedio, consideraron la interacción como una secuencia de estados, siguiendo simultáneamente la conexión dentro de cada participante y entre los dos participantes.

Este enfoque descubrió siete «estados de dos cerebros» recurrentes. Tres de ellos eran característicos precisamente de las parejas reales, y no de las pseudoparejas compuestas artificialmente. Además, ninguno de los estados mostró un cambio sostenido de duración desde el primer encuentro hasta el último.

Este es un detalle importante. Significa que la relación no puede describirse con una simple secuencia: primero las personas están poco coordinadas, luego se comprenden cada vez mejor y su actividad neuronal empieza gradualmente a coincidir con más fuerza.

En realidad, la configuración cambia constantemente.

En un momento, los participantes pueden orientarse simultáneamente hacia el dibujo común. En otro, una persona queda más involucrada en su propia acción mientras la segunda reacciona a los cambios del espacio. Después, los papeles pueden intercambiarse. Lo que al promediarse parece un único indicador de sincronización, dentro del propio proceso resulta ser una alternancia de distintos modos.

Cuando la iniciativa pasa de un participante a otro

Uno de los patrones descubiertos resultó especialmente interesante para las parejas de distintas edades. Durante el dibujo conjunto se mantenía en ellas más tiempo: la conexión entre los participantes era baja o media, mientras que dentro del sistema nervioso de uno de ellos se observaba una marcada coherencia entre dos áreas de la corteza frontal inferior. Este modo también se acompañaba de un menor número de acciones alternadas.

Los autores lo consideran un posible ejemplo de interacción asimétrica — una situación en la que un participante organiza en mayor medida la acción y el segundo se adapta a ella. Esto no significa un liderazgo constante: el sentido del análisis reside precisamente en que tales papeles pueden cambiar dentro de una misma tarea.

Para el dibujo conjunto esto es fácil de imaginar.

Un participante traza una línea. Esta cambia el espacio en la hoja y con ello crea nuevas posibilidades para el segundo. Este puede continuar el movimiento, modificarlo, responder con un elemento aparte o dejar un espacio libre. Al cabo de unos instantes, la iniciativa puede volver a pasar.

Aquí la coordinación no surge necesariamente de la simultaneidad. Puede construirse sobre una secuencia: acción — percepción — respuesta — nueva acción.

Precisamente esta mirada hace mucho más profundo el concepto de sincronización.

Cómo influye la edad en la dinámica de la sincronización

La diferencia de edad resulta especialmente interesante porque los participantes llegan a la tarea común con experiencias distintas y con maneras distintas de percibir lo que ocurre. Al mismo tiempo, el estudio no afirma que la edad por sí sola determine la dinámica neuronal: el trabajo fue exploratorio, y los mecanismos concretos de las diferencias requieren un estudio más profundo.

Pero la diferencia en las trayectorias sigue siendo un resultado importante.

En las parejas jóvenes la actividad conjunta se acompañaba de un aumento gradual de la sincronización interpersonal. En las intergeneracionales, de un descenso de esta en varias áreas, especialmente las relacionadas con la zona parietotemporal derecha. Al mismo tiempo, la sensación de cercanía crecía en ambos grupos.

Resulta que un mismo resultado social puede acompañarse de dinámicas neuronales distintas.

Esto es más importante que la simple pregunta de quién tiene una sincronización «más alta».

La sincronización como proceso cambiante

Imaginemos a dos personas que dibujan juntas durante cinco minutos. Durante ese tiempo, una inicia varias veces un movimiento nuevo y la otra reacciona; luego la primera se detiene y la segunda continúa; después ambas se concentran simultáneamente en partes distintas de la imagen.

Si reducimos todo lo que ocurre a un solo número, la mayor parte de esta historia desaparece.

Precisamente por eso el segundo análisis es importante desde el punto de vista metodológico. Muestra que la conexión entre dos participantes no puede describirse por completo con un valor medio: hay que ver cuándo, dónde y en qué configuración surge la coordinación. Simultáneamente pueden cambiar la conexión entre los participantes y la organización de los procesos dentro de cada uno de ellos.

En esta lectura, la sincronización deja de ser un estado de «trabajamos igual» y se convierte en un modo dinámico de coordinación.

A veces dos participantes están realmente más sincronizados a nivel neuronal. A veces uno actúa con más autonomía y el segundo se orienta por él. A veces, dentro de un mismo sistema nervioso surge una organización más marcada, mientras que la conexión interpersonal es relativamente baja.

Y todo esto puede ocurrir en el marco de un mismo dibujo.

Un breve y hermoso momento en el que una madre y su hija trabajan juntas en un lienzo.

La unidad del proceso a través de acciones diversas

Aquí aparece una conclusión especialmente interesante, ya en la frontera entre la ciencia y el arte.

El trabajo conjunto no se vuelve necesariamente unitario porque dos sistemas empiecen poco a poco a funcionar del mismo modo. Puede volverse unitario gracias a que distintas acciones empiezan a operar dentro de un mismo proceso.

Esto se ve bien precisamente en la pareja intergeneracional. Un participante puede crear una dirección y el otro desarrollarla. Uno puede mantener su propia línea mientras el otro lee los cambios del espacio común. La iniciativa puede pasar de uno a otro, y el modo de interacción, reconfigurarse.

A nivel de los indicadores individuales, esto se presenta como una sincronización cambiante, a veces decreciente. A nivel de la propia tarea creativa, como una continua coordinación de acciones en torno a una obra que va surgiendo.

El estudio no demuestra que el descenso de la sincronización interpersonal cause esa unidad. Pero muestra por qué no se pueden identificar ambos conceptos.

Coordinación flexible en lugar de coincidencia plena

El principal valor de estos trabajos reside precisamente en que amplían la imagen popular de dos personas que poco a poco «se sintonizan en una misma frecuencia».

La sincronización neuronal interpersonal puede intensificarse durante una tarea común y luego cambiar; la conexión entre dos participantes puede combinarse con el fortalecimiento de la organización interna de uno de ellos; la interacción puede ser simétrica o asimétrica; la iniciativa puede pasar de una persona a otra. Y cuanto más atentamente observan los investigadores la estructura temporal del proceso, menos se parece este a un simple avance hacia la coincidencia plena.

Quizá sea precisamente por eso por lo que la creación conjunta resulta un modelo tan preciso de la interacción humana.

Dos personas no tienen por qué pensar igual, moverse al mismo tiempo ni mostrar constantemente una alta sincronización directa. Necesitan otra cosa: mantener la sensibilidad a los cambios del proceso común y responder con flexibilidad a las acciones de la pareja.

Y entonces el dibujo común deja de ser el resultado de un parecido cada vez mayor y pasa a ser la huella de una coordinación viva: la de cómo dos sistemas autónomos encuentran nuevas maneras de actuar dentro de un mismo espacio creativo.

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Fuentes

  • PLOS Biology

  • Acta Psychologica

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