Hace cuatro años, en julio de 2022, el telescopio espacial James Webb inició sus operaciones científicas y, de inmediato, comenzó a transformar nuestra visión del universo. Para conmemorar este cuarto aniversario, nos ha brindado una de sus imágenes más impactantes: la galaxia Centaurus A (NGC 5128), situada a tan solo 11 millones de años luz de nosotros. Lo que antes permanecía oculto tras densas nubes de polvo se revela ahora en toda su complejidad y belleza.
Imagine una galaxia colosal con un agujero negro supermasivo rugiendo en su interior. Este devora activamente la materia circundante, emitiendo potentes chorros de energía que moldean todo su entorno. Hace unos dos mil millones de años, esta galaxia sufrió una colisión a gran escala con otra formación estelar. Las secuelas de aquel cataclismo ancestral siguen siendo visibles: una forma inusual, una intensa formación estelar y una estructura caótica. Anteriormente, los telescopios ópticos, incluido el Hubble, no lograban penetrar las cortinas de polvo del centro. El telescopio infrarrojo Spitzer ofrecía una visión a gran escala, pero carecía de nitidez en los detalles. El Webb, sin embargo, ha logrado combinar el poder de penetración de la visión infrarroja con una claridad asombrosa.
Las nuevas imágenes capturadas por los instrumentos NIRCam y MIRI resultan sencillamente asombrosas. En el rango del infrarrojo medio se aprecian complejas estructuras de polvo: una banda curvada en forma de paralelogramo cruza el centro, mientras finos filamentos de polvo se extienden hacia el exterior como nubes cósmicas. Destaca por su misterio una característica en forma de S, cuya silueta los astrónomos aún intentan explicar mediante la influencia del agujero negro y los restos de la fusión. Los puntos rojos representan estrellas envueltas en polvo y guarderías estelares donde nacen nuevos astros. En este contexto, el polvo no es un mero estorbo, sino la materia prima fundamental para los futuros planetas y estrellas.
Las imágenes compuestas revelan millones de estrellas individuales en la región central de la galaxia. Lo que a simple vista parece una textura granulada es, en realidad, un campo estelar extremadamente denso. Cada uno de estos «granos» narra una historia: desde cuándo se formaron las estrellas antiguas y cuándo se calmó la actividad, hasta el momento en que se desató un nuevo ciclo de nacimientos tras la colisión. Se trata de un auténtico ejercicio de arqueología galáctica.
La labor del Webb no se limita únicamente a ofrecer imágenes espectaculares. La espectroscopia ha permitido medir el movimiento de los gases: flujos rápidos de gas ionizado expulsados por el agujero negro e hidrógeno molecular caliente en el disco deformado. El agujero negro tiene la capacidad tanto de desencadenar el nacimiento de estrellas al comprimir el gas, como de frenarlo al expulsar la materia al exterior. Centaurus A se convierte así en el laboratorio ideal para estudiar este complejo equilibrio.
En estos cuatro años, el Webb ha demostrado un rendimiento que supera cualquier expectativa. Sigue revelando detalles inéditos en los rincones más diversos del cosmos, desde atmósferas de exoplanetas hasta las galaxias más primitivas. Las capturas de Centaurus A nos recuerdan lo dinámica y viva que es nuestra realidad universal. Observamos las huellas de eventos ancestrales que todavía hoy continúan influyendo en la evolución de las galaxias. Y esto es solo el principio: nos aguardan numerosos descubrimientos que ayudarán a comprender cómo se forman y evolucionan sistemas como nuestra propia Vía Láctea.

