En el centro de nuestra galaxia, a unos 26.000 años luz de la Tierra, se sitúa el agujero negro supermasivo Sagitario A* (Sgr A*). Durante miles de millones de años ha permanecido en un letargo relativo, consumiendo apenas pequeñas cantidades de gas de forma esporádica. La teoría vaticinaba desde hace tiempo que, bajo este régimen, el agujero negro no solo engulliría materia, sino que también expulsaría parte de ella mediante potentes vientos. No obstante, durante mucho tiempo carecimos de pruebas directas de este proceso en nuestro propio agujero negro central. Ahora, gracias a las observaciones combinadas del radiotelescopio ALMA y el observatorio de rayos X Chandra, la comunidad científica ha logrado captar finalmente este "aliento".
Los investigadores Mark Gorski y Lena Murchikova dedicaron varios años a recopilar datos de ALMA en una longitud de onda de 1,3 milímetros. Su estudio se centró en la emisión de moléculas de monóxido de carbono (CO), un marcador fiable del gas molecular frío situado a apenas unos pocos años luz (aproximadamente un pársec) del agujero negro. La tarea resultó compleja, ya que el propio Sgr A* emite con fuerza en radiofrecuencia y su brillo variable oculta las débiles señales del gas circundante. Esto obligó a los científicos a diseñar métodos avanzados de modelado para sustraer ese ruido de fondo.
El resultado superó todas las expectativas. El nuevo mapa obtenido es cerca de 100 veces más sensible y posee una resolución 80 veces mayor que las versiones anteriores. En la imagen se distingue claramente una cavidad cónica en el gas frío, un inmenso "vacío" que se proyecta directamente desde el agujero negro. Justo en los puntos donde el gas frío desaparece, los datos de Chandra revelaron que ese espacio está ocupado por gas caliente detectado por rayos X. Se trata del rastro característico de un viento activo: un flujo de alta temperatura que emana de las proximidades del agujero negro y que desplaza el material frío o lo calienta hasta hacerlo invisible en radiofrecuencia.
Según los cálculos de los autores, este viento ha estado soplando durante al menos 20.000 años. Aunque es relativamente débil comparado con los potentes chorros de las galaxias activas, representa un fenómeno de gran relevancia para el sosegado centro de nuestra galaxia. Este proceso ayuda a entender cómo el agujero negro supermasivo regula el flujo de gas e influye en la evolución de su entorno, desde el nacimiento de estrellas hasta la dinámica de las regiones centrales.
Este hallazgo es el fruto de un minucioso trabajo de años y de un procesamiento de datos sumamente innovador. Con ello se resuelve un misterio de hace medio siglo, proporcionando a los astrónomos una nueva herramienta para descifrar el comportamiento de los agujeros negros "dormidos". Ahora estamos un paso más cerca de comprender qué sucede realmente en el núcleo de la Vía Láctea, donde el sutil "aliento" de un gigante moldea el cosmos circundante.
El descubrimiento ha sido publicado en la revista The Astrophysical Journal Letters (arXiv:2509.10615).


