En el este de Afganistán, en la montañosa región de Nuristán: llovió durante diez días y noches sin interrupción, de forma sin precedentes. Casas de piedra y adobe, adaptadas durante siglos a los aguaceros de montaña, comenzaron a derrumbarse una tras otra. «Estas lluvias son cada vez más fuertes y llegan antes de lo habitual», dicen los residentes locales. Para la región, donde la gente conoce la misma música de la estación durante décadas, esto ha sido un shock.
Una situación análoga se desarrolla en Bangladesh. En julio de 2026, Chittagong experimentó uno de los aguaceros más intensos de su historia: cayeron 412 milímetros de precipitación en un día, la cifra más alta en 42 años de observaciones.
Desde Afganistán hasta Taiwán, la región asiática se ha visto envuelta en una ola sin precedentes de catástrofes hídricas. En la India, Pakistán y Bangladesh, las lluvias monzónicas se han vuelto impredecibles y abundantes al mismo tiempo. En China, desde abril, más de 600 ríos han superado los niveles críticos, un 35 por ciento más de lo habitual.
El tifón «Noul», a finales de julio de 2026, obligó a evacuar a unas 900.000 personas en la provincia de Guangdong, siendo este el tifón más potente que ha azotado China este año.
En Taiwán, en junio, las pérdidas agrícolas debidas a una serie de aguaceros superaron los 330 millones de dólares taiwaneses nuevos, y en Taipéi se registró el nivel de precipitación mensual más alto en más de un siglo de observaciones meteorológicas.
Los científicos atribuyen el aumento de las precipitaciones al calentamiento de la atmósfera: el mecanismo es simple e implacable. El aire más cálido puede retener más vapor de agua: por cada grado centígrado, acumula aproximadamente un 7 por ciento más de humedad. Cuando comienza la lluvia, cae de forma más intensa y, a menudo, durante un período más corto.
Según el último informe del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático, el aumento de las temperaturas incrementa la amenaza de inundaciones en las regiones monzónicas del sur, sureste y este de Asia, además de acelerar el deshielo de los glaciares en el Hindú Kush y el Himalaya. Las investigaciones de la iniciativa internacional World Weather Attribution muestran que las precipitaciones extremas de los ciclones en el sudeste asiático se han intensificado durante varias décadas. Según datos de 2025, casi la mitad de las precipitaciones estacionales en el sur de Asia caen ahora en 20-30 horas, lo que aumenta drásticamente el riesgo de inundaciones y deslizamientos de tierra.
La situación se agrava por tormentas sucesivas. En el sur de China, el tifón «Maisak» en julio inundó las zonas bajas y creó condiciones que provocaron la huida de cientos de serpientes de las granjas, que terminaron en las áreas anegadas. En Japón y Vietnam, los aguaceros provocaron peligrosos deslizamientos de tierra. En Corea del Sur, se alternan olas de calor e inundaciones, causando un estrés intermitente a la población. Las previsiones para el resto del verano de 2026 son alarmantes: el norte de China, incluida Pekín, podría recibir entre un 20 y un 50 por ciento más de precipitaciones de lo habitual, y se espera que el número de tifones que afecten al país sea superior a la media.
La Federación Internacional de Sociedades de la Cruz Roja y de la Media Luna Roja, que coordina la ayuda a los afectados en toda la región asiática, subraya lo obvio: estos acontecimientos no son una abstracción matemática, sino consecuencias humanitarias reales del cambio climático. Hosam Faisal, jefe de la delegación de la organización en Afganistán, insta a los gobiernos a invertir recursos no solo en la respuesta a las catástrofes, sino también en medidas preventivas: alerta temprana de peligros, fortalecimiento del drenaje y la protección de carreteras, preparación de la población antes de que llegue la catástrofe. El esperado calentamiento de El Niño solo subraya la urgencia de tales acciones.
Los asentamientos humanos, adaptados durante siglos a un determinado ritmo e intensidad de lluvias, se enfrentan ahora a una realidad nueva y despiadada. Casas construidas para un régimen de precipitaciones, carreteras trazadas bajo otras condiciones climáticas, cultivos calculados para plazos conocidos, incluso sistemas de salud, todo resulta no estar preparado para aguaceros que no solo son más fuertes, sino fundamentalmente diferentes en su carácter y periodicidad.
La inversión en alerta temprana, en el fortalecimiento de la infraestructura y en el apoyo directo a las comunidades locales permite reducir significativamente el número de víctimas ante futuras precipitaciones extremas. Pero para ello es necesario actuar ahora, antes de que la ventana de oportunidad se cierre.



