En la cordillera de los Karkonosze, que recibe cada año a decenas de miles de excursionistas, la milenrama común (Achillea millefolium) exhibe una dependencia del entorno que podría esclarecer las divergencias entre las poblaciones de distintas altitudes. Lejos de limitarse a la supervivencia, esta especie es capaz de modificar su morfología, fisiología e incluso su estructura genética para aclimatarse a las rigurosas condiciones de la alta montaña.
Se sabe que la milenrama presenta variaciones nítidas según la altitud: se reduce la concentración de pigmentos fotosintéticos en el follaje, varía el nivel de ploidía (el número de juegos de cromosomas) y es frecuente observar una reducción en el tamaño del genoma. Estas transformaciones se manifiestan tanto en las poblaciones silvestres como en las sinantrópicas, aquellas que proliferan junto a las rutas turísticas y los refugios de montaña.
La presencia de esta planta en cotas elevadas está estrechamente ligada a las infraestructuras humanas. Los senderos y caminos funcionan como corredores biológicos que permiten el ascenso de especies procedentes de las llanuras. Como consecuencia, surgen en las laderas poblaciones inéditas hasta la fecha que entran en competencia directa con la flora alpina autóctona. Diversas investigaciones señalan que este proceso es especialmente evidente en los Karkonosze debido a su densa red de rutas turísticas; el parque nacional cuenta con más de 150 senderos recorridos anualmente por cientos de miles de personas.
En las zonas más altas, predominan las poblaciones de milenrama con un juego de cromosomas hexaploide (2n = 54). Este incremento en la ploidía favorece una mejor adaptación frente al frío, la radiación ultravioleta extrema y el breve periodo vegetativo propio de la alta montaña. Los ejemplares hexaploides, fruto de procesos evolutivos de hibridación y poliploidía, se expandieron históricamente desde Eurasia hacia regiones templadas e incluso árticas. Al mismo tiempo, se produce un "encogimiento" genómico que parece reducir el gasto energético del organismo destinado al mantenimiento y replicación del ADN en entornos estresantes.
La disminución de la clorofila en las hojas de las poblaciones de altura también parece responder a una estrategia adaptativa. Una menor cantidad de pigmentos fotosintéticos conlleva una absorción lumínica menos intensa, lo cual protege a la planta de los daños causados por el exceso de radiación ultravioleta en las cumbres. De este modo, la planta atenúa su actividad fotosintética, conservando la energía necesaria para subsistir en el clima extremo de las montañas.
El seguimiento de la adaptación de las especies a la altitud y a las alteraciones humanas del paisaje resulta fundamental para mejorar la gestión de los ecosistemas montañosos. Asimismo, permite prever qué otras plantas podrían colonizar los senderos de altura y desplazar a especies alpinas raras, las cuales son más vulnerables ante la competencia y los cambios climáticos.

