Al oír la palabra «millonario», solemos imaginar a un empresario de éxito, un emprendedor tecnológico o el heredero de un vasto imperio. Sin embargo, la historia de Ronald Read rompe con todos los estereotipos. Ronald no era financiero, ni fundó ninguna "start-up", ni percibía sueldos astronómicos. Pasó toda su vida trabajando como empleado de una gasolinera y conserje en una tienda del pequeño pueblo de Brattleboro, Vermont. Además, nunca llegó a ganar más de 45 000 dólares al año.
No obstante, cuando Ronald falleció en 2014 a la edad de 92 años, su fortuna estaba valorada en más de 8 millones de dólares. ¿Cómo logró un simple trabajador acumular semejante patrimonio?
Secreto n.º 1: Ahorro extremo
Ronald Read era la personificación de la modestia. No hacía alarde de su riqueza porque no le interesaban los objetos de estatus. Conducía un coche de segunda mano, usaba su ropa hasta que literalmente se caía a pedazos y se cortaba el pelo en el centro comercial JCPenney por 15 dólares. Sus aliados eran los cupones de descuento y su lugar preferido para leer el periódico era la cafetería local. Gastaba lo mínimo en sí mismo, pero siempre ahorraba una parte considerable de sus modestos ingresos.
Secreto n.º 2: La magia del interés compuesto y los «blue chips»
Ronald no era un inversor especulativo que intentara predecir los movimientos de las acciones. Empezó a invertir allá por los años 60 y optó por una estrategia sencilla pero infalible. Compraba acciones de empresas grandes y fiables con décadas de trayectoria (los denominados «blue chips»), como Procter & Gamble, CVS, JPMorgan Chase y Berkshire Hathaway.
Su arma principal fue el tiempo. Ronald simplemente mantuvo esas acciones durante decenios y reinvirtió todos los dividendos obtenidos para adquirir nuevas participaciones. Gracias al interés compuesto, sus pequeñas aportaciones mensuales se transformaron en millones.
Secreto n.º 3: Disciplina de hierro y paciencia
Ronald no se dejaba llevar por el pánico durante los desplomes del mercado. No vendía sus acciones cuando la economía atravesaba crisis. No veía la inversión como una forma de enriquecerse rápido, sino como un plan a largo plazo para asegurar su vejez y ayudar a la comunidad. Siguió trabajando y ahorrando dinero incluso después de jubilarse en 1997, sencillamente porque amaba lo que hacía y estaba habituado a ese ritmo de vida.
Un legado impactante
Nadie en aquel pueblecito sospechaba siquiera de la fortuna del humilde conserje. Al leerse su testamento, todo el mundo quedó atónito. Ronald no destinó su dinero a monumentos lujosos ni a fundaciones privadas. Legó 4,8 millones de dólares al hospital local Brattleboro Memorial Hospital para crear un fondo infantil, y otros 1,2 millones a la biblioteca municipal, un lugar que amaba y frecuentaba a menudo. El resto lo repartió entre sus familiares y amigos.
La lección principal de Ronald Read
La historia de Ronald demuestra que, para ser millonario, no es imprescindible tener un sueldo elevado. Lo más importante es gastar menos de lo que se ingresa, evitar las deudas e invertir la diferencia de forma periódica. La riqueza no depende del tamaño de los ingresos, sino de los hábitos y del tiempo que se permita que el dinero trabaje para uno mismo.


