El 1 de abril de 2026, cuando el cohete SLS con la nave Orion despegó en el marco de la misión Artemis II, la ingeniera venezolana Nathalie Quintero fue la responsable del funcionamiento exitoso de los sistemas de aviónica del Core Stage 1. Graduada de la Universidad Simón Bolívar y de Cornell, dirigió las operaciones en Boeing y garantizó componentes clave sin los cuales el vuelo a la órbita lunar no habría sido posible.
Paralelamente, el ingeniero eléctrico Carlos Tomás Mata, de Caracas y Cumana, diseñó los sistemas de protección contra rayos en la plataforma de lanzamiento 39B del Centro Espacial Kennedy. Sus soluciones reducen los riesgos para el SLS incluso antes del despegue: una tarea de la que depende toda la misión.
Estas historias no son casualidad. Quintero y Mata forman parte de una cohorte más amplia de especialistas venezolanos cuya formación en la USB y cuya experiencia en condiciones de recursos limitados forjaron un enfoque particular: precisión, adaptabilidad y disposición a asumir la responsabilidad de sistemas críticos.
En octubre de 2026 se les unió Gregorio Drayer, también egresado de la USB, quien se trasladó al Centro de Vuelos Espaciales Marshall de la NASA. Allí se ocupa de los sistemas de control para futuras misiones, apoyándose en su experiencia en el desarrollo de robots marcianos. Y el joven astrónomo Miguel Alejandro Rojas, de Barquisimeto, trabajando desde su habitación, descubrió el asteroide 2021 GG40 a partir de datos del telescopio Pan-STARRS y lo inscribió en el catálogo de la Unión Astronómica Internacional.
Lo que une a estas personas no son las declaraciones grandilocuentes, sino una elección constante: pese a las dificultades políticas y económicas en su país natal, aplican los conocimientos adquiridos en los proyectos más ambiciosos del mundo. Su trayectoria confirma que la escuela científica venezolana sigue siendo competitiva incluso cuando la infraestructura en casa se desmorona.
La imagen pública del «talento que conquistó el espacio» oculta una realidad más profunda: estos especialistas no solo se integraron en la NASA, sino que ocuparon posiciones donde un error cuesta miles de millones y vidas humanas. La reputación ganada en equipos internacionales se convirtió en su principal capital.
Compárese con la situación en la que un ingeniero en un país en crisis se ve obligado a elegir entre sobrevivir y la ciencia. Quienes eligieron la ciencia ahora protegen los cohetes de los rayos y dirigen misiones a la Luna, no porque hayan «tenido suerte», sino porque su preparación y su disciplina resultaron demandadas allí donde se valora el resultado y no el origen.
Esta contribución de los venezolanos a Artemis y a la protección contra rayos demuestra que la verdadera fuerza de una nación no se mide solo por los recursos dentro de sus fronteras, sino también por cómo su gente influye en el futuro de la humanidad más allá de ellas. Cuando el próximo lanzamiento del SLS se eleve al cielo, parte del éxito pertenecerá precisamente a ingenieros como estos.

