Al cruzar la cortina de terciopelo, uno se sumerge de inmediato en otro mundo: techos bajos, una barra de madera, bancos de cuero rojo alineados contra las paredes y un suelo de baldosas en zigzag negro y rojo. En Le Veau d’Or, ubicado en la calle 60 de Manhattan, el tiempo parece haberse detenido en 1937, año en que abrió sus puertas como uno de los primeros bistrós franceses de Nueva York.
Conseguir una mesa hoy en día es una hazaña: las reservas se abren exactamente a medianoche con dos semanas de antelación y los espacios disponibles desaparecen en cuestión de segundos. Los propietarios Lee Hanson y Riad Nasr adquirieron el local de la familia Tréboux en 2019, lo restauraron meticulosamente y reabrieron sus puertas en 2024. El bistró francés más antiguo de la ciudad conserva esa atmósfera de local de barrio tradicional donde figuras como Orson Welles, James Beard y Jacqueline Kennedy solían almorzar.
Su almuerzo de menú fijo con dos platos es un clásico que el propio Anthony Bourdain describía como algo que ya era "viejo" cuando él era niño. Ostras, pâté en croûte, confit de pato, bogavante en salsa macedonia, callos fritos y, sobre todo, el hígado de ternera; todo se elabora con una precisión técnica que no requiere mayor explicación. El primer bocado del pato es capaz de elevarte del asiento, mientras que el hígado perdura en el recuerdo como uno de los mejores que se puedan degustar jamás.
Detrás de cada plato reside la crónica de la cocina francesa en Nueva York: desde la Exposición Universal de 1939, cuando Henri Soulé y Pierre Franey introdujeron la haute cuisine en la ciudad, hasta el auge de la posguerra, cuando los manteles blancos y el servicio a la francesa se convirtieron en el estándar. Actualmente, no se trata solo de comida, sino del poder blando de la nostalgia, apreciado incluso por quienes suelen ser escépticos ante las versiones estadounidenses de lo francés.
Hanson y Nasr no pretenden modernizar la carta; al contrario, preservan aquello que casi ha desaparecido en el propio París. He aquí la paradoja: en la Nueva York de 2026, es posible saborear recetas que hoy son cada vez más inusuales en la Francia contemporánea. El establecimiento ha logrado posicionarse entre los 12 mejores restaurantes de Norteamérica según la lista 50 Best, superando incluso a instituciones como Le Bernardin.
Es recomendable reservar con mucha antelación, preferiblemente para un almuerzo entre semana, lo que permite asegurar un rincón con vistas privilegiadas a toda la sala. Al salir después de comer, uno puede caminar hacia Central Park y mantener por un instante la sensación de no haber estado en Manhattan, sino en la orilla izquierda del Sena.
El encanto de este lugar no reside en lo exótico, sino en la fiel reproducción de lo que antaño era cotidiano y hoy se ha transformado en una rareza.




