¿Y si el motivo principal por el que un texto no se queda grabado no es la debilidad de sus ideas, sino un deseo excesivo de que todo sea perfecto?
Resulta paradójico, pero en la práctica editorial y periodística esto sucede constantemente: cuanto más se empeña un autor o editor en pulir el material eliminando lo espontáneo, lo personal y lo irregular, menos carácter conserva el texto. La pieza acaba siendo ordenada pero impersonal. Los textos verdaderamente potentes casi nunca se fundamentan en la perfección absoluta, sino en su capacidad de ser reconocibles.
La imperfección no es en absoluto un problema. A menudo, es precisamente la mayor fuente de la fuerza de un autor.
La huella del autor importa más que la fluidez impecable
Muchos autores parten de una premisa casi sagrada: el texto debe ser intachable. Sin embargo, en esa búsqueda de la fluidez es fácil perder lo más valioso: la presencia vibrante de quien escribe.
Anne Lamott, la escritora estadounidense y referente del oficio literario, no oculta sus dudas, sus pensamientos erráticos ni su vulnerabilidad, sino que, al contrario, los integra como parte fundamental del relato. Precisamente por eso, su libro Bird by Bird (Pájaro a pájaro) se lee como una obra profundamente humana y vital, en lugar de un manual de fórmulas rígidamente estructuradas.
Ahí reside el poder de lo imperfecto: genera la sensación de que hay una persona real detrás de las palabras. El lector no solo procesa información, sino que siente la presencia genuina del autor que respalda el texto.
Las particularidades no son un obstáculo
Con el tiempo, cada escritor desarrolla sus propios hábitos: algunos se pierden en largas digresiones, otros prefieren sentencias contundentes o estructuran su discurso de forma fragmentada. Al comienzo de una trayectoria, estos rasgos suelen interpretarse como defectos. No obstante, con el paso de los años, pueden acabar convirtiéndose en un estilo distintivo.
Joan Didion es uno de los mejores ejemplos de esto. Esta periodista y escritora estadounidense, figura clave del Nuevo Periodismo, siempre escribió de forma muy personal: con una precisión distante, una estructura fragmentada y una fuerza autoral arrolladora. A menudo fue criticada por su excesiva subjetividad, pero fue precisamente ese tono lo que la hizo inconfundible. El álbum blanco y El año del pensamiento mágico se convirtieron en clásicos no a pesar de ese estilo, sino gracias a él.
Un texto de autor no tiene por qué agradar a todo el mundo. Puede poseer su propio sabor, su timbre y un carácter particular.
Los textos breves funcionan mejor
Intentar redactar de entrada un artículo extenso y perfectamente pulido es una receta casi garantizada para quedar atrapado en el perfeccionismo. Es mucho más útil empezar con textos pequeños donde se pueda experimentar, cometer errores, cambiar de tono y buscar una voz propia sin presiones innecesarias.
David Foster Wallace es otro caso digno de mención. El escritor y ensayista estadounidense se hizo famoso por una prosa extremadamente densa: oraciones largas, notas al pie, digresiones filosóficas y una gran carga intelectual en cada párrafo. Al principio, este estilo les parecía a muchos demasiado recargado. Sin embargo, fue en sus piezas cortas para revistas donde perfeccionó este enfoque, y su colección Hablemos de langostas acabó siendo un clásico moderno.
Y aquí vuelve a aplicarse la misma lógica: la imperfección puede no ser una falta de pulido, sino una forma de precisión. A veces es exactamente eso lo que dota al texto de vida y lo vuelve memorable.
¿Qué se puede intentar?
Tome un artículo que ya esté terminado y recupere dos o tres pasajes que eliminó en aras de una supuesta limpieza formal.
Identifique una característica propia de su estilo y trate de potenciarla hasta convertirla en su mayor fortaleza.
Antes de su próxima publicación, hágase una pregunta sencilla: si no intentara complacer a todo el mundo, ¿cómo sería realmente este texto?
Atrévase a ser imperfecto. A menudo es en esta versión donde surge por primera vez el verdadero sello del autor, como sucede con el buen chocolate artesanal: con carácter, profundidad y un retrogusto inolvidable.




