En la WNBA de esta temporada, el vendaval ofensivo no solo bate récords: reescribe la idea de hasta dónde puede elevarse el listón de la anotación en la liga femenina. Con los playoffs ya asomando en el horizonte, varias jugadoras y equipos avanzan a un ritmo que hasta hace poco parecía irreal.
Kelsey Mitchell, de las Indiana Fever, ya ha superado el antiguo récord de A'ja Wilson de puntos en una temporada, al acumular 1034 puntos a mediados de septiembre. La propia A'ja Wilson lidera el promedio por partido con 26 puntos, y el equipo de las Fever promedia casi 97 puntos por encuentro. Cifras así no son casualidad, sino fruto de una evolución: la liga es más rápida, los triples más certeros y la rotación más profunda.
Detrás de esto no hay solo talento individual. La expansión de la liga, la llegada de nuevos talentos y los cambios en las reglas y en la preparación han hecho el juego más abierto. Ahora las defensoras se ven obligadas a elegir más a menudo: cerrar los triples o pelear bajo el aro. Al final, ambas cosas se resienten.
Pongamos por caso a Marina Mabrey, de las Toronto Tempo: en junio anotó 53 puntos, igualando el récord de la liga. Sus lanzamientos desde el perímetro se han convertido en un arma auténtica, y el equipo a su alrededor ha aprendido a jugar para ella. Es como si en una empresa cualquiera, de repente, todos empezaran a adaptarse a un genio del tiro: el resultado crece al instante.
El factor psicológico también importa. Cuando los récords caen uno tras otro, las jugadoras dejan de temer «pasarse de la raya». La presión se transforma en libertad, y la libertad, en decisiones aún más audaces sobre la cancha. El negocio de la liga solo sale ganando: las gradas están más llenas y las retransmisiones son más populares.
Las próximas semanas mostrarán si este ritmo aguanta hasta el final de la temporada regular y si se traslada a los playoffs. Ya ahora está claro: la temporada 2026 pasará a la historia no solo como una de las más anotadoras, sino también como el momento en que la WNBA demostró definitivamente que el baloncesto femenino no tiene techo.


