En Split, España volvió a demostrar que una racha sin derrotas no es solo una estadística, sino el reflejo de una resistencia profunda del equipo, capaz de dar la vuelta al partido incluso después de encajar un gol.
Croacia abrió el marcador en el minuto 17 gracias a Ivan Perišić, pero los españoles no se amilanaron. En lugar de entrar en pánico, se recompusieron con sangre fría: Luis de la Fuente dio entrada a Mikel Merino, que marcó dos veces, y la expulsión de Perišić en el minuto 79 quebró definitivamente la resistencia de los locales.
Esta victoria no es una casualidad. A lo largo de 2,5 años sin derrotas, España ha vivido un relevo generacional, las lesiones de sus líderes y la presión de las expectativas tras el triunfo en el Mundial de 2022. Aquí la fortaleza psicológica pesa más que la táctica: el equipo sabe mantener el control incluso en los momentos en que el rival parece más cerca del éxito.
Compárelo con una familia corriente, en la que, tras un fracaso en el trabajo, todos se reúnen a cenar y hablan de cómo arreglar la situación en lugar de culparse unos a otros. Así actúa España: de forma colectiva, sin emociones innecesarias, convirtiendo la crisis en una ventaja.
Merino, que entró como suplente, se convirtió en el símbolo de esta filosofía: no una estrella, sino un ejecutor fiable, dispuesto a asumir la responsabilidad en el momento clave. Sus goles no son solo un resultado, sino la confirmación de que la profundidad de la plantilla permite a España mantenerse en la cima incluso sin sus jugadores titulares.
Ahora La Roja lidera el grupo con el máximo de puntos y ya ha asegurado su plaza en los cuartos de final de la Liga de Naciones. Pero lo más importante es que la racha de 43 partidos sin derrotas plantea una pregunta sobre el futuro: ¿podrá este equipo mantener el equilibrio entre la dominación y la frescura ante los próximos grandes torneos?
