Durante los desfiles SS27 de Milán y París celebrados en junio de 2026, Prada, Dior Men y Gucci apostaron por cortes ultra entallados sobre modelos que parecían haber completado recientemente un tratamiento con fármacos GLP-1. No se trata de una coincidencia: tras años de dominio del estilo oversize, la moda reduce drásticamente sus siluetas mientras el debate sobre los cánones estéticos masculinos cobra un nuevo y afilado vigor.
La representación de modelos de tallas grandes en las pasarelas masculinas se ha estancado entre el 0,2 % y el 0,3 % durante varias temporadas consecutivas. En contraste, predominan dos polos opuestos: la delgadez extrema propia de principios de los años 2000 y las complexiones hipermusculadas impulsadas por la tendencia del looksmaxxing. Firmas como Willy Chavarria, Louis Gabriel Nouchi o GmbH, cuyos procesos de selección reflejan la diversidad corporal real frente a la fantasía idealizada, se han convertido en meras excepciones.
La trayectoria es evidente: tras la etapa del confort pandémico y los volúmenes amplios, la industria responde a un cambio cultural marcado por los fármacos GLP-1 (como Ozempic o Wegovy), las redes sociales y unos algoritmos que optimizan la imagen corporal a diario. El cuerpo vuelve a ser un proyecto de perfeccionamiento constante, y la moda se encarga de visibilizarlo y someterlo a juicio una vez más. Las siluetas estrechas ya no ocultan la figura, sino que la exhiben, exigiendo de quien las viste una concordancia exacta con un ideal físico específico. Esta dinámica se experimentó por última vez a principios de los 2000, cuando Hedi Slimane revolucionó la moda masculina en Dior Homme al introducir cortes ultra estrechos que pasaron de ser un gesto contracultural a convertirse en el estándar dominante.
Y esta tendencia no se limita exclusivamente a las pasarelas. Según datos de seguimiento del sector minorista, los consumidores están replanteando su relación con las prendas ajustadas, desplazando la demanda desde el oversize hacia cortes entallados y siluetas más estructuradas.
Sin embargo, existe una salvedad importante: estos nuevos vaqueros solo sientan de forma impecable a quienes han recurrido a fármacos o dedican horas interminables al gimnasio. Un hombre con un traje perfectamente entallado proyecta una imagen de disciplina, modernidad y éxito. Psicológicamente, esto aporta una sensación de control y de pertenencia a una estética «correcta» en tiempos de incertidumbre. No obstante, esta tendencia termina por excluir a todos aquellos que no logran encajar en unos márgenes que, literalmente, se están estrechando.


