La humanidad, sin darse cuenta, ha cruzado el umbral de una nueva era: las conjeturas de algunos científicos, sus descubrimientos y reflexiones, las cautelosas suposiciones que antes sus colegas miraban con escepticismo, ocupan ahora su lugar merecido en el cuadro general de la estructura del mundo entre ovaciones y reconocimiento.
Uno de esos objetos de burla era la idea de la naturaleza de la materia biológica como sustancia eléctrica. De ningún modo se podía representar al ser humano como electricidad.
Hace no mucho, en los manuales de bioquímica se indicaba la difusión como explicación del modo en que el fragmento necesario llega al lugar de ensamblaje de una molécula concreta en la célula; es decir, se daba a entender que en el líquido celular flotan caóticamente miles de millones de componentes distintos y que, cuando el necesario “pasa nadando” cerca del lugar de ensamblaje, se une a la molécula. Esto, en palabras sencillas. Los propios científicos durante mucho tiempo tuvieron una idea vaga del mecanismo real, porque estudiar tales fenómenos sin alterar la integridad de la célula y aislados del organismo resultaba difícil, y el fenómeno de la difusión se usó durante mucho tiempo como un relleno para mecanismos poco comprendidos.
Si la propia “sopa” dentro de la célula es un entramado de múltiples capas donde las sustancias se desplazan caóticamente por el espacio, chocan y se enredan unas con otras, ¿cómo sabe el ladrillo necesario, entre miles de millones de ladrillos, que debe llegar a un lugar determinado de la célula y formar parte de una molécula en la fase de construcción a gran velocidad? Es una buena pregunta.
Con el tiempo se estudiaron más a fondo los fenómenos de la presión osmótica en química, las ondas y los campos electromagnéticos en física, la presión de la luz en óptica, la densidad electrónica de la molécula en química física… y la comunidad científica empezó a hablar con cautela de la materia como un espacio con determinadas propiedades eléctricas que crea en su interior las condiciones para el acercamiento o el rechazo de las “sustancias”.
“¿Y qué tiene que ver la biología con esto?”, preguntarán ustedes.
Ocurre que toda la suavidad observable y la asombrosa precisión que vemos en los procesos biológicos de los organismos durante milenios se garantizan porque cada “ladrillo” de materia posee una autoconciencia eléctrica que le da una comprensión exacta de dónde se encuentra, qué hay a su alrededor y hacia dónde debe moverse por la trayectoria más corta hacia el anhelado “lugar de Amor” en cada microinstante.
La naturaleza eléctrica de la Vida da a cada átomo, a cada molécula, etc., su retrato único, sus rasgos únicos, su carácter y sus motivos para actuar, una afinidad “amorosa” hacia determinados elementos y, al mismo tiempo, la evitación de otros.
El ser humano ha estudiado bien el fenómeno del electromagnetismo: ahora comprendemos que ciertos elementos crean campos de atracción y repulsión bastante evidentes cuando se trata de metales, ¡pero cuánto tiempo hizo falta para reconocer estos mismos principios en todos los demás elementos y en la materia de organización superior!
Los campos ElectroNOmagnéticos de los átomos y las sustancias individuales funcionan como moduladores del proceso de la vida.
“¿Y qué?”, preguntarán ustedes.
Pues que esos mismos campos son utilizados por las sustancias como un canal de comunicación dedicado. En palabras sencillas: la molécula simplemente “llama y pide” que el ladrillo necesario más cercano a ella llegue al lugar de la “llamada”. Así conversan todos los elementos, sustancias, tejidos y nosotros con ustedes, las personas.
En el cuerpo humano emitimos constantemente una enorme cantidad de ondas de diversos tipos. Por ejemplo, la radiación térmica o las moléculas de olor también tienen sus propias oscilaciones, su propio retrato, y nos comunicamos unos a otros una enorme cantidad de esa información, que a menudo procesamos de forma inconsciente en segundo plano.
Todo tiene naturaleza ondulatoria. Los científicos admiten que algunos fenómenos, según nuestra comprensión, no se han descifrado del todo precisamente porque están puestos patas arriba: la causa primera y las consecuencias no están en el orden correcto.
Ahora nosotros, como humanidad, nos acercamos con suavidad a levantar el tabú ante temas de medicina y de biología cuyas raíces se remontan a causas primeras eléctricas que hace aún menos de 100 años eran conceptos indignos de un “científico respetable”. Un buen ejemplo: la litoterapia.
Todavía se considera que las “piedras” son cosa de esotéricos, chamanes, brujas y demás “maquinadores”; sin embargo, las investigaciones científicas consideran ahora las redes cristalinas de los minerales como auténticas lentes transformadoras de ondas eléctricas/electromagnéticas, que cambian sus parámetros al reflejarse desde el cristal de vuelta al medio. Así, la onda infrarroja del calor del cuerpo de un mamífero, al transformarse en el mineral en otra onda, se refleja hacia el cuerpo desde la superficie del mineral, puede “llamar” a una organela de la célula y decirle: “ahora nos centramos en otro proceso / aquí se necesita la ayuda de las células de inmunidad”.
Algunas empresas ya han adaptado este fenómeno en un sentido aplicado; por ejemplo, unas crearon y venden ropa para adelgazar con polvo de turmalina, y otras, con partículas cerámicas para la recuperación durante el sueño, durante y después del deporte.
A los científicos les queda todavía mucho trabajo por descifrar los “mensajes ondulatorios” de los principios activos de las plantas, de la medicina tradicional orgánica e inorgánica de los pueblos del mundo, de la comida, de los sonidos y la música, de los olores, de los minerales, del color y de la luz para el bienestar del cuerpo humano y de los organismos vivos en general.
Hemos llegado a la era de la obtención masiva de respuestas y soluciones a los enigmas del Universo, la era del descubrimiento de la información. ¡Felicidades!
Este artículo es el primero de una serie de artículos sobre la naturaleza eléctrica de la Biología, disponibles bajo la etiqueta Electric Biology.



