Estamos acostumbrados a imaginar la vida del océano orientada hacia la luz.
En la superficie, las microalgas absorben la energía solar. De ellas se alimenta el kril. Tras el kril vienen los peces, los pingüinos, las focas y las ballenas. Parece que todo ese enorme sistema debería estar volcado hacia arriba, hacia donde comienza la fotosíntesis.
Pero el aparato robótico se sumerge cada vez más. La luz solar desaparece. En la fría oscuridad surgen torres minerales, grietas en la corteza terrestre y corrientes de agua calentada que arrastran sustancias químicas desde las entrañas del planeta.
Y entre ellas se desplaza el kril.
No individuos perdidos al azar, sino hembras listas para reproducirse. Se congregan junto a las fuentes hidrotermales, se alimentan de los microorganismos locales y conectan dos mundos que antes parecían casi independientes: la superficie iluminada del océano y su profundidad volcánica.
Un descubrimiento científico junto al fuego de la Tierra
La investigación fue dirigida por la oceanógrafa biológica Kim Bernard de la Universidad Estatal de Oregón. Del equipo internacional formaron parte Angelo Bernardino, Andrew Thurber, Rachel Kaplan, Aaron Micallef, Sarah Seabrook y otros especialistas.
Las observaciones se llevaron a cabo en el marco de la expedición de National Geographic y Rolex Into the Southern Ocean junto con el Schmidt Ocean Institute. Los científicos trabajaron a bordo del buque científico R/V Falkor (too), y el fondo marino fue explorado por el aparato teledirigido SuBastian.
En los años 2024–2025, las cámaras del aparato estudiaron dos zonas hidrotermales activas del océano Austral: Hook Ridge y Quest Caldera. Fue precisamente allí, a más de 900 metros bajo la superficie, donde los investigadores vieron por primera vez al kril antártico congregado junto a las fuentes hidrotermales de aguas profundas.
Anteriormente, este habitante esencial del océano Austral se había estudiado sobre todo en los 300 metros superiores del agua. Ya existían observaciones aisladas en grandes profundidades, pero la presencia de kril directamente junto a las fuentes hidrotermales se documentó por primera vez.
Todas resultaron ser hembras
En el sector de Hook Ridge, el aparato recogió cuatro ejemplares. La muestra es pequeña, pero su composición resultó asombrosa: las cuatro eran hembras maduras, listas para reproducirse y recién apareadas.
Durante una observación de casi nueve horas, las cámaras captaron junto a las chimeneas minerales a otras hembras más. En ese período, los investigadores no vieron ni un solo macho.
En el sector de Quest Caldera, las observaciones continuaron durante cerca de 21 horas. Aquí, junto a las fuentes activas, aparecían ya densas concentraciones de hembras reproductivas de kril.
Para comparar, los científicos recogieron 35 ejemplares en un sector común del fondo marino en el paso Antártico, lejos de la actividad hidrotermal. En el grupo de control había animales jóvenes, machos y hembras: la habitual composición mixta de la población.
Por ahora es imposible afirmar que las fuentes de aguas profundas sirvan como una especie de «sala de partos» especial para el kril. Sin embargo, el inusual predominio de hembras listas para el desove en dos zonas hidrotermales difícilmente puede considerarse un detalle insignificante.
Alimento creado sin luz solar
La principal sorpresa se ocultaba dentro de los propios animales.
Las capas superiores del océano dependen de la fotosíntesis: las algas utilizan la luz solar y crean materia orgánica que se convierte en la base de la red trófica. Pero junto a las fuentes de aguas profundas no hay energía solar.
Aquí el inicio de la cadena alimentaria lo crea la quimiosíntesis. Los microorganismos obtienen energía del azufre y de otros compuestos químicos que proceden de la corteza terrestre, y la transforman en materia orgánica.
Los científicos investigaron el microbioma intestinal del kril, las características químicas de sus tejidos y el contenido de microelementos. Los resultados mostraron que las hembras se alimentaban efectivamente de microorganismos vinculados al entorno hidrotermal. Los rastros químicos también indicaban no una breve visita casual, sino un contacto repetido con el alimento y el agua mineral de las fuentes.
Esto cambia la imagen habitual.
El kril es capaz de obtener energía no solo del sistema que comienza con la luz solar. En las grandes profundidades entra en otra red trófica: aquella que alimenta la energía química de la Tierra.
¿Por qué emprender semejante viaje?
El desplazamiento vertical de cientos de metros exige energía. Y debe de resultar especialmente costoso para las hembras, cuyos recursos ya están orientados a la formación de la descendencia.
Por lo tanto, el medio de las grandes profundidades puede ofrecer ventajas capaces de justificar un viaje tan costoso.
Los investigadores consideran varias explicaciones posibles.
En primer lugar, los microorganismos hidrotermales pueden proporcionar a las hembras un alimento adicional durante un período de alta demanda energética. Algunos lípidos bacterianos participan en la formación de las membranas celulares de los ovarios y de los embriones del kril.
En segundo lugar, el agua próxima a las fuentes contiene concentraciones elevadas de manganeso, zinc y hierro —elementos importantes para la reproducción y el desarrollo temprano de la descendencia—. Al mismo tiempo, en los tejidos se detectaron también niveles altos de metales tóxicos, incluidos el plomo y el cadmio. Por eso, el entorno mineral puede entrañar tanto beneficios como riesgos.
En tercer lugar, el agua localmente más cálida podría, en teoría, acelerar el desarrollo de los embriones. Pero esta hipótesis aún no se ha comprobado experimentalmente.
También se desconoce la respuesta principal: si las hembras liberan los huevos directamente en las profundidades o si, tras alimentarse, regresan más cerca de la superficie para desovar.
El estudio no revela de manera definitiva, por qué el kril acude a las fuentes. Pero establece algo no menos importante: las hembras reproductivas utilizan realmente este mundo de las profundidades y encuentran en él alimento.
Un pequeño ser del que depende un mundo inmenso
El kril antártico puede parecer un ser casi imperceptible de apenas unos centímetros de longitud. Pero los investigadores estiman su masa total en unos quinientos millones de toneladas —posiblemente la mayor biomasa entre todos los animales salvajes de una misma especie en la Tierra—.
Del kril se alimentan ballenas, focas, pingüinos, aves marinas y peces. Incluso aquellos depredadores que no lo comen directamente dependen de los animales vinculados a esta red trófica.
El kril participa también en el ciclo del carbono. Al absorber fitoplancton y liberar partículas orgánicas que se hunden rápidamente, ayuda a transportar el carbono desde las aguas superficiales hacia las profundidades.
Al mismo tiempo, sus poblaciones sufren la presión del calentamiento del océano, la reducción del hielo marino y la pesca industrial. Pero proteger la especie es difícil mientras no sepamos dónde transcurren las etapas más importantes de su ciclo vital.
Si las hembras listas para reproducirse utilizan con regularidad las zonas hidrotermales, estos parajes no pueden considerarse enclaves geológicos aislados. Pueden formar parte del entorno del que depende la reproducción de una de las especies centrales del océano Austral.
Esto es especialmente importante al planificar las áreas marinas protegidas y al debatir una posible extracción de minerales en las profundidades.
La vertical de la vida
Esta historia parece revelar un eje oculto del océano.
Arriba, la luz del sol crea alimento para el fitoplancton. Abajo, la energía química de las entrañas de la Tierra nutre a los microorganismos de las fuentes hidrotermales. Y entre ambos se desplaza un ser diminuto, capaz de formar parte de los dos sistemas.
El kril transporta sustancias y energía a lo largo de la columna de agua. De él se alimentan los animales más grandes del planeta. Su presencia conecta la superficie, las profundidades, la atmósfera y la envoltura rocosa de la Tierra en un único proceso continuo.
El océano vuelve a mostrar que la integridad no significa inmovilidad. Nace del movimiento: del intercambio constante entre lo alto y lo bajo, la luz y la oscuridad, el agua y el fuego.
Y, quizá, la parte más asombrosa del descubrimiento no radica en que el kril haya aparecido tan profundo, sino en que la vida ya había unido estos mundos mucho antes de que el ser humano lograra ver el camino que los atraviesa.



