En un mundo donde una startup fundada hace apenas año y medio discute una valoración de 40 mil millones de dólares, el dinero deja de ser una simple medida de ganancias: se convierte en una apuesta a la rareza del talento y de la capacidad de cómputo.
La exdirectora técnica de OpenAI, Mira Murati, fundó Thinking Machines Lab a comienzos de 2025. Ya en julio de ese mismo año, la empresa atrajo 2 mil millones de dólares en financiación semilla con una valoración de 12 mil millones. Ahora, según The Information, se negocia una ronda de entre 5 y 6 mil millones de dólares con una valoración previa a la inversión de al menos 40 mil millones. Según los informes, Accel podría liderar la operación y Nvidia invertir unos 2,5 mil millones.
Las métricas tradicionales no funcionan aquí. Los ingresos de la empresa se estiman en un rango de entre 100 millones y varios cientos de millones de dólares anuales, una cifra impresionante para un actor tan joven, pero claramente insuficiente para justificar una valoración multimillonaria según los múltiplos habituales. Los inversores pagan, ante todo, por el acceso a investigadores de élite, por gigavatios garantizados de capacidad de cómputo de Nvidia y por la estrategia de personalización de modelos abiertos a través de la plataforma Tinker y el nuevo modelo Inkling.
Detrás de esta carrera no hay solo optimismo tecnológico. El dinero refleja aquí una nueva lógica: en una época en que crear modelos de vanguardia exige infraestructura a escala industrial, quienes consiguen primero el acceso a los chips y al talento obtienen una ventaja difícil de alcanzar después. Recuerda a cómo, en su momento, las petroleras compraban licencias de yacimientos mucho antes de empezar a extraer petróleo. El riesgo es evidente: ya ha habido fugas de empleados clave, y la dependencia de un único proveedor de equipos genera vulnerabilidades.
Para el inversor común o para quien piensa en sus finanzas personales, la historia de Murati y Thinking Machines es una lección sobre cómo la reputación y el control de recursos escasos convierten el potencial en capital. Apostar hoy por la IA se parece a invertir en tierra rara: el precio sube no por los dividendos actuales, sino por la perspectiva de formar parte de la infraestructura del futuro. La única pregunta es si la empresa tendrá tiempo suficiente para convertir esa infraestructura en un flujo de caja sostenible.
En última instancia, estas valoraciones muestran que, en la economía moderna, el dinero vota cada vez más no por un producto terminado, sino por el derecho a participar en una carrera en la que los perdedores se quedan sin acceso a los activos clave.


