Antes todo era sencillo: se rompía el inodoro y llamabas al fontanero. 🚽
Ahora todo es distinto.
Ahora primero escribes en el buscador:
«cómo arreglar el inodoro uno mismo rápido sin maestro»
Luego ves un vídeo.
Luego el segundo.
Luego otros cinco más, porque en el primero la cisterna del tipo es distinta, en el segundo ya había desenroscado algo antes de empezar a grabar, y en el tercero suena la frase temible:
«Bueno, aquí todo es elemental».

Al cabo de una hora ya sabes qué es un flotador, una válvula, la grifería, el tubo flexible y por qué el agua «no aguanta».
Al cabo de dos horas tienes en el suelo:
un destornillador, unos alicates, tres juntas, una tuerca cualquiera cuyo origen se desconoce y el teléfono con el vídeo:
«Paso 2 de 17».
En algún momento aparece la confianza:
«Pero ¿para qué pagarles dinero a los fontaneros? Esto es cosa de diez minutos».
Justo después de esta frase suele empezar la verdadera aventura.
Pero lo más sorprendente es que a veces todo sale de verdad.
Pulsas el botón.
El agua se va.
No gotea nada.
Y te quedas unos segundos en silencio mirando el inodoro con la expresión de quien acaba de aterrizar un avión por sí mismo.
Después de eso, lo más importante es no dejarse llevar.
Porque esa misma noche YouTube empieza a sugerirte:
«Cómo cambiar tú mismo la instalación eléctrica»,
«Reparar la lavadora en 15 minutos»
y
«Cómo construir una casa sin experiencia».
Y tú, como:
—Bueno… si con el inodoro funcionó. 😄


