A varios kilómetros de profundidad, la luz del sol nunca llega. La presión supera cientos de veces la atmosférica y la oscuridad se percibe casi material.
De repente, en el haz de luz de un sumergible, emerge una criatura, como si la propia profundidad tomara una forma visible.
En el verano de 2026, los investigadores de Ocean Exploration Trust tuvieron tres encuentros con los rarísimos calamares de brazos largos del género Magnapinna. Todas las observaciones se realizaron durante la expedición NA180 a bordo del buque de investigación Nautilus.
Tres encuentros en una expedición
El primer avistamiento ocurrió a finales de julio en la llanura abisal del archipiélago de las Marianas. El aparato Little Hercules detectó al calamar a una profundidad de aproximadamente 5400 metros, a 218 millas náuticas al noreste de la isla Maug.
Posteriormente, se registraron otros dos encuentros en las aguas de los Estados Federados de Micronesia.
El primer calamar fue avistado a 2478 metros de profundidad, cerca de una montaña submarina sin nombre, aproximadamente a 79 kilómetros al suroeste de la isla Lamotrek.
El segundo apareció a unos 2700 metros de profundidad, junto a otra montaña submarina inexplorada, entre las islas Ifalik y Chuuk, aproximadamente 230 kilómetros al este del punto anterior.
Las dos últimas observaciones fueron publicadas por Ocean Exploration Trust el 11 de agosto de 2026.
Se han avistado ejemplares de Magnapinna en su hábitat natural en menos de cien ocasiones. Por ello, estos tres encuentros en una misma expedición ofrecen a los investigadores una oportunidad única para comparar la postura corporal, el movimiento de las aletas y los patrones de comportamiento recurrentes de diferentes individuos.
La criatura con "codos"
El nombre Magnapinna se traduce como "aleta grande". Sin embargo, las características más distintivas del calamar son sus brazos y tentáculos inusualmente largos.
Inicialmente, se extienden desde el cuerpo de forma casi horizontal, luego se curvan bruscamente y descienden en el agua como finos filamentos. Esto hace que parezca que el animal tiene codos, y que sus extremidades se prolongan mucho más allá del espacio iluminado por las cámaras.
Gran parte de nuestro conocimiento sobre estos animales no proviene de muestras biológicas, sino de raras grabaciones de video. Aunque podemos observar a Magnapinna, apenas comenzamos a comprender cómo es su vida.
Pesca durante la inmersión
En el nuevo video, uno de los calamares muestra un comportamiento que los investigadores denominan sink fishing (pesca por inmersión).
El animal permanece casi inmóvil, flotando en el agua, dejando que los largos extremos de sus brazos y tentáculos cuelguen libremente hacia abajo. Se cree que, al entrar en contacto con una pequeña presa, el calamar es capaz de retraer una de sus extremidades hacia su boca.
Sin embargo, el mecanismo de alimentación de Magnapinna aún no está completamente comprendido. Las nuevas imágenes ayudan a verificar las hipótesis existentes, pero todavía no ofrecen una respuesta definitiva sobre su estrategia de caza.
No persigue a su presa.
No realiza movimientos bruscos.
Expone su presencia en el agua y espera.
¿Qué nos quiere decir el Océano?
Cada encuentro en el Océano es una nueva capa de percepción.
Dirigimos cámaras a las profundidades para observar una criatura desconocida, pero en el momento del encuentro, algo más profundo ocurre: el Océano nos revela otra manera de estar vivos.
El Magnapinna se entrega al espacio y siente el mundo a través de los más sutiles toques del agua.
Estamos acostumbrados a asociar la supervivencia con la actividad: la velocidad, la fuerza y el movimiento constante.
El Magnapinna nos muestra una estrategia diferente.
Su fuerza reside en la inmovilidad.
Su forma de interactuar con el mundo es a través de la sensibilidad.
Sus largos filamentos expanden los límites de su cuerpo, transformando el agua circundante en una extensión de su percepción.
Este calamar no se manifiesta ruidosamente en el océano. Se integra en la oscuridad y permite que el espacio le comunique lo que sucede a través de los más mínimos contactos.
La profundidad nos enseña:
para sentir más,
no siempre es necesario moverse más rápido.
A veces basta con abrirse al espacio
y permitir que el mundo te toque.
Cada encuentro en el Océano es una nueva capa de percepción.
Descubrimos una forma de vida desconocida —
y al mismo tiempo, la Vida revela a través de nosotros otra faceta de Sí misma.


