El dinero siempre ha fluido hacia donde la inteligencia se encontraba con la materia, pero hoy ese encuentro se produce en nuevas condiciones. Massimo Portincaso, fundador de Arsenale BioYards, llama al período que se avecina la era neoindustrial: un tiempo en el que la base industrial de los siglos XIX y XX se reconstruye con ayuda de las tecnologías profundas, la inteligencia artificial y nuevas fuentes de energía.
Según Portincaso, las tecnologías profundas ya han resuelto la tarea del descubrimiento, pero no han logrado resolver el escalado de la producción. Surge una «brecha de transferencia industrial»: entre el prototipo funcional y la fábrica capaz de producir millones de unidades. Es precisamente aquí donde perecen muchas startups, a pesar de inversiones milmillonarias.
La geopolítica acelera los cambios. China apuesta por el vínculo entre la inteligencia, la energía y la producción, mientras que Occidente suele centrarse en la IA pura. La transición de los «petroestados» a los «electroestados» transforma los flujos de capital: los inversores empiezan a reevaluar los activos vinculados a la bioproducción, la fermentación de precisión y las fábricas adaptativas.
La empresa neoindustrial, según Portincaso, se construye sobre diez pilares: desde la producción orientada al software y los sistemas operativos nativos de IA hasta la integración vertical y las estructuras financieras especiales para proyectos intensivos en capital. Este tipo de firmas no se limita a añadir IA a las fábricas antiguas: reconstruyen la propia lógica de creación de valor.
Para el inversor privado, esto implica un cambio de mentalidad. En lugar de los habituales unicornios del software, conviene prestar atención a las empresas capaces de cerrar el ciclo desde el modelo del mundo hasta la producción real. El dinero aquí funciona de otra manera: ciclos largos, alta intensidad de capital, pero también potencial de ventajas competitivas sostenibles en la era de la fragmentación de las cadenas de suministro.
Portincaso subraya: ganan quienes diseñan la producción desde el primer día, en lugar de intentar «añadir» inteligencia a una infraestructura obsoleta. Esto también transforma las estrategias financieras personales, desde la elección de fondos hasta la comprensión de qué sectores generarán nueva riqueza en las próximas décadas.
En definitiva, la era neoindustrial redefine no solo las fábricas, sino también nuestra manera de pensar el capital: no como un flujo especulativo, sino como un recurso que ayuda a construir capacidades reales en un mundo donde la energía y la producción vuelven a ser clave.

