La noche del 25 de mayo de 2026, una cámara del Instituto Filipino de Vulcanología y Sismología (PHIVOLCS) situada en la colina de Lignon captó una escena verdaderamente dramática. Con el trasfondo de la erupción activa de uno de los volcanes más simétricos y peligrosos del mundo —el Mayon, en la isla de Luzón—, un bólido de un intenso color verdoso cruzó el firmamento. El objeto hizo su aparición cerca de las 22:33, hora local, dejando tras de sí una estela luminosa antes de desvanecerse tras la silueta del volcán, que se encontraba iluminada por los flujos de lava. 20
En ese instante, el Mayon se hallaba en un estado de alta actividad, registrándose emisiones de ceniza, gases y descensos de lava. La zona de peligro circundante había sido clausurada y miles de residentes ya habían sido evacuados. La coincidencia de estos dos imponentes procesos naturales —una erupción volcánica y el paso de un cuerpo celeste— dio lugar a una imagen que dio la vuelta al mundo de inmediato, acumulando millones de reproducciones. Inicialmente, el PHIVOLCS informó que el meteoro podría haber impactado en las laderas del norte; sin embargo, tras analizar datos sísmicos, infrasonidos y otros registros, se aclaró que el objeto se desintegró por completo en la atmósfera sin llegar a la superficie. No se detectaron temblores adicionales ni rastro alguno de impacto. El tono verde es característico de los meteoroides con altas concentraciones de magnesio o níquel.
No obstante, fueron precisamente los segundos posteriores del vídeo los que añadieron un matiz de misterio al suceso. En las grabaciones extendidas, que incluyen la transmisión en vivo, poco después de que el bólido desapareciera, surgió un objeto brillante en la misma zona que ascendía lentamente dejando un rastro. Algunos espectadores creyeron ver una esfera rotatoria o un toroide, mientras que otros lo atribuyeron a un efecto óptico, un helicóptero de vigilancia o incluso a la manifestación de un fenómeno desconocido. Por el momento, las fuentes oficiales se han abstenido de ofrecer comentarios detallados sobre este fragmento, centrándose exclusivamente en la naturaleza meteórica confirmada del evento principal.
Las opiniones se encuentran divididas. Científicos y representantes del PHIVOLCS y de PhilSA destacan que tales coincidencias son más comunes de lo que parecen: la Tierra recibe diariamente toneladas de material espacial, y las cámaras de vigilancia volcánica permanente logran captar momentos inusuales que, de otro modo, pasarían desapercibidos. Los bólidos verdes son fenómenos bien documentados, y el segundo objeto es explicado por muchos como una simple labor de monitoreo aéreo o efectos atmosféricos.
Al mismo tiempo, en las redes sociales y entre los aficionados a la astronomía predominan otras interpretaciones. Algunos interpretan la coincidencia como una «señal del universo», mientras que otros sugieren la presencia de una nave extraterrestre que supuestamente habría surgido del meteoro o utilizado el volcán como cobertura. Los volcanes han sido protagonistas durante mucho tiempo de historias sobre luces inusuales y anomalías, lo que no hace sino avivar el debate. Hay quienes incluso recuerdan casos similares ocurridos en otras regiones geográficas.
Este acontecimiento ha demostrado una vez más lo delgada que es la línea entre un fenómeno natural explicable y aquello que cautiva la imaginación. En la era de la omnipresencia de las cámaras, estas imágenes se convierten en una experiencia compartida que nos obliga a preguntarnos qué es exactamente lo que vemos: si se trata de un juego de luces y perspectiva o de algo que escapa a lo convencional. Mientras el Mayon prosigue con su actividad, el cielo sobre él sigue custodiando misterios que la ciencia desentraña gradualmente, dejando siempre un espacio para la reflexión.



