En la última curva del estadio Félix Sánchez, en Santo Domingo, Laura Galván iba cuarta. A sus espaldas, 34 años, dos días de dura competición y toda una vida corriendo por los caminos polvorientos de la pequeña La Sauceda. Por delante, tres rivales más jóvenes y, al parecer, más frescas.
En la recta final, la mexicana encontró fuerzas que, según sus propias palabras, “no deberían haber existido”. Adelantó a todas una por una y tocó la cinta en primer lugar, con una ventaja de seis centésimas de segundo sobre la guatemalteca Viviana Aroche.
Este oro fue el segundo para Galván en los Juegos. Cuatro días antes, ya había ganado el medio maratón. Dos disciplinas diferentes, dos ritmos distintos —y una corredora de 34 años que demostró que, en la resistencia, la edad a veces funciona como una ventaja y no como una sentencia.
Mientras tanto, México estableció un nuevo récord de medallas de oro, con 152. El anterior, también mexicano, solo había durado tres años. Colombia quedó rezagada casi a la mitad, y Cuba aún más. Estas cifras hablan de un trabajo sistémico, no de una suerte casual.
La propia Galván confiesa que llevaba un año sin correr en pista, concentrada en la carretera. Su regreso al estadio fue una prueba para ella, y la confirmación de que la experiencia permite esperar el momento y atacar con precisión justo cuando las rivales ya se han agotado.
En esto reside la paradoja de los juegos regionales: brindan a los veteranos la oportunidad de demostrar que la táctica y la psicología a veces son más importantes que las piernas frescas. Los atletas jóvenes a menudo se agotan en las primeras vueltas, mientras que los experimentados conocen el valor de cada centésima.
Imaginen una carrera de larga distancia como una partida de ajedrez, donde cada vuelta es un movimiento. Galván esperó a que sus rivales hicieran los suyos, y solo entonces jugó su principal baza —un esprint final perfeccionado durante años.
El récord de México no es solo una suma de medallas. Es el resultado de un trabajo de muchos años por parte de la federación, los entrenadores y los propios atletas, quienes no se van al extranjero a la primera oportunidad, sino que permanecen y elevan el nivel dentro del país.
Para la región, estas victorias son importantes también porque demuestran que Latinoamérica es capaz de producir atletas de élite no solo en el fútbol. El atletismo aquí también puede ser motivo de orgullo nacional e inversiones sistémicas.
Galván se fue de la pista con dos oros. México, con un nuevo récord. Y a los demás participantes les quedó claro que en los Juegos Centroamericanos de 2026, la edad y la experiencia resultaron ser más fuertes de lo que se suele pensar.
Esto ya no es solo estadística; es una señal de que en el deporte, como en la vida, a veces vale la pena esperar el momento oportuno para superar a todos en la meta.


