En Hollywood, al parecer, las soluciones sencillas empiezan a quedarse cortas. Para dar vida a un personaje, a veces no basta con cambiar el vestuario o añadir unos años al rostro: hace falta borrar por completo la imagen que el público ya tiene del actor.
Eso es lo que ocurrió con
Digger
, la nueva película protagonizada por Tom Cruise. El actor, de 64 años, fue transformado para parecer considerablemente mayor, con el pelo canoso y escaso, arrugas, rasgos faciales modificados y prótesis pesadas que alteran su aspecto de manera radical.
La reacción de internet no tardó en resumir la situación con una observación tan sencilla como graciosa. La idea principal, según muchos usuarios, era difícil de pasar por alto.
Tom Cruise, de 64 años, envejeció para interpretar a un hombre de 65.
Visto así, parecería que el equipo de maquillaje trabajó toda la noche para añadirle apenas un año. La aparente desproporción entre el esfuerzo y la diferencia de edad convirtió el cambio en motivo de bromas.
Pero la explicación real es algo más compleja. En la nueva comedia negra de Alejandro González Iñárritu, Cruise se mete en la piel de Digger Rockwell, un excéntrico magnate del petróleo.
Rockwell es una de las personas más influyentes del planeta. Sus decisiones temerarias desencadenan una devastadora avalancha de acontecimientos, y el aspecto del personaje debía reflejar una vida y una trayectoria muy distintas de las del actor.
Al hablar de su trabajo en la película, Iñárritu calificó de asombrosa la transformación de Cruise. No se trataba de hacerlo parecer «un poco mayor», sino de darle una apariencia visiblemente más desgastada y corpulenta.
El personaje necesitaba transmitir otra forma de vivir, otra personalidad y otra historia. Por eso, el desafío no consistía en sumar un año a la edad aparente del intérprete, sino en apartar al Tom Cruise reconocible.
Ese es el que el público suele asociar con películas de acción impecablemente pulidas. Para construir a Digger Rockwell, el equipo debía alejarse de esa imagen familiar y crear una presencia completamente diferente.
Y aquí es donde el asunto adquiere un matiz especialmente cómico. En la vida real, Tom Cruise, con 64 años, sigue corriendo y saltando, además de colgarse de aviones.
Su energía parece la de alguien dispuesto a discutirle personalmente al concepto de envejecer. La comparación entre esa vitalidad y el aspecto envejecido que luce en la pantalla alimenta, naturalmente, la ironía.
En el cine, sin embargo, hubo que recurrir al maquillaje para «alcanzar» artificialmente el paso del tiempo. El contraste parece casi una inversión de lo habitual en una producción cinematográfica.
La escena podría resumirse en un intercambio imaginario: el maquillador le dice que debe parecer mayor, y Cruise pregunta cuánto mayor tiene que verse.
«Más o menos un año», responde el maquillador. «Eso va a ser difícil», replica Tom Cruise. La broma juega con la dificultad de hacer que el actor parezca mayor cuando su imagen pública desafía esa expectativa.
Con todo, el resultado fue tan convincente que, al ver las primeras fotografías, quizá cueste reconocerlo. Las prótesis, las arrugas y los cambios en sus facciones contribuyen a una caracterización que transforma su apariencia habitual.
Hollywood se encuentra así ante una nueva paradoja: a una persona corriente de 64 años normalmente se la maquilla para que parezca más joven; a Tom Cruise, en cambio, hubo que envejecerlo artificialmente.
Y quizá esa transformación termine siendo un anuncio mejor para su genética que cualquier crema antiarrugas. Al menos, la broma deja clara la distancia entre la imagen habitual del actor y el personaje que interpreta.

